El más reciente filme de Olivia Wilde rezuma un aire a Woody Allen: paraje urbano, convivencia claustrofóbica, parejas con problemas y hasta música de piano
"Uno siempre debería estar enamorado; es por eso que uno nunca debería casarse", decía Oscar Wilde. Y sí, quien diga que el matrimonio es fácil, sencillo y puro agasajo, probablemente nunca se ha casado.
Olivia Wilde parece estar de acuerdo, pues usa esta frase como preámbulo a su más reciente filme: La Invitación.
Angela (Olivia Wilde) va al mercado. Pone macetas, arregla la sala. Joe (Seth Rogen), su esposo, llega agotado. No sabe que Angela ha invitado esa noche a los vecinos a conocer su casa. La cosa se pondrá complicada.
El más reciente filme de Olivia Wilde rezuma un aire a Woody Allen: paraje urbano, convivencia claustrofóbica, parejas con problemas y hasta música de piano. Tiene lugar, casi por completo, al interior de un departamento.
Esto, sumado a que sólo hay cuatro personajes, podría resultar en un filme teatral: amordazado y poco cinematográfico, pero nada más lejano. Wilde cuidó la estética narrativa usando colores ocres y verdosos y encuadres que comunican: algunos invaden al personaje; otros, indican distancia emocional.
En este remake de la cinta española Sentimental (Gay, 2020), sobresalen los diálogos que oscilan entre lo morboso (ojo, hay harta plática sobre sexo), lo mordaz y lo cómico, acompañados de un gran ritmo. Pero lo mejor es la dirección de actores.
Cada histrión está ideal en su papel: un Norton ecuánime y bonachón, una Cruz rubia e intensa, un Rogen que, si bien interpreta una versión de su neurótico e irónico alter ego, tiene el mejor arco narrativo. Y la propia Wilde, excelente en su inagotable ansiedad.
Ésta no es la típica comedia inocua: hay conversaciones incómodas acompañadas de dosis de realidad lastimosa. Hay una nota de incertidumbre y melancolía especial. Ya lo decía Heine: "Todavía no se ha descubierto la brújula para navegar en la altamar matrimonial."