Si los políticos emplearan para hacer cosas positivas el mismo ingenio que utilizan para evadir las leyes, tendríamos otro país. ¿A qué me refiero?
En teoría, existen legislaciones creadas con el objetivo de impedir las campañas anticipadas y evitar que algunos aspirantes obtengan ventaja sobre otros candidatos. Sin embargo, todas esas normas parecen leyes de juguete: los políticos se las han ingeniado de mil maneras para evadirlas.
Un ejemplo es la promoción personalizada, claramente prohibida por los artículos 134 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y 135 de la Constitución Política del Estado de San Luis Potosí. En ellos se establece, respectivamente:
“La propaganda, bajo cualquier modalidad de comunicación social, que difundan como tales los poderes públicos, los órganos autónomos, las dependencias y entidades de la administración pública y cualquier otro ente de los tres órdenes de gobierno deberá tener carácter institucional y fines informativos, educativos o de orientación social”.
En ningún caso esta propaganda deberá incluir nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen la promoción personalizada de cualquier servidor público.
A pesar de ello, vemos descaradamente cómo se viola la ley un día sí y otro también. Entonces, ¿para qué están las leyes?
CONTRATACIONES BAJO LA LUPA
¿Cuántas refaccionarias, ferreterías, empresas de limpieza y constructoras existen en la ciudad de San Luis Potosí que pueden ser ubicadas fácilmente y cuentan con un historial conocido? Le aseguro que muchas.
Entonces, ¿por qué el Ayuntamiento de San Luis Potosí contrata y paga millones de pesos a “personas físicas” que facturan toda clase de productos y servicios, pero que, al buscarlas en sus domicilios fiscales, no aparecen o nadie las conoce?
Esto huele muy mal. Tarde o temprano se descubrirá la cloaca que podría existir dentro de la Oficialía Mayor y del Comité de Compras.
LA EUFORIA Y LA TRAGEDIA
La celebración por un triunfo deportivo, como el de la selección nacional la semana pasada, terminó convertida en una escena de violencia, caos y muerte. La euforia colectiva, cuando pierde todo límite, puede transformar una fiesta en una pesadilla en cuestión de minutos.
El conductor del automóvil que atropelló a 17 personas durante los festejos de la afición mexicana por la victoria ante República Checa, el pasado 24 de junio, en una zona turística de Baja California Sur, murió después de recibir una brutal golpiza. El municipio de Los Cabos confirmó oficialmente el fallecimiento.
Lo ocurrido obliga a una reflexión incómoda: nada justifica el atropellamiento, pero tampoco la justicia por propia mano. Una celebración deportiva terminó dejando personas heridas, una muerte y una muestra alarmante de hasta dónde puede llegar una multitud cuando la razón queda sepultada por la furia.