El reconocimiento internacional de Moscas, la nueva película del director Fernando Eimbcke, ha puesto de nueva cuenta en la pantalla un cine que apuesta por la contención emocional, la observación y la construcción de personajes atravesados por el aislamiento.
La película que inició proyecciones en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale), donde obtuvo el Premio del Jurado Ecuménico, muestra una premisa sencilla: personajes que han aprendido a protegerse del mundo hasta que algo irrumpe y altera ese equilibrio.
“Es una película que nos ha sorprendido desde que la hicimos. Esta es mi primera película con un niño, fue totalmente diferente a lo que he hecho que había sido con adolescentes, pero si te abres a la experiencia aprendes demasiado”, dijo Fernando Eimbcke.
La película sigue a Olga, una mujer que se ve obligada a rentar un cuarto de su casa, decisión que cambia su vida cuando el nuevo inquilino lleva consigo a su hijo. El niño irrumpe en su rutina y la confronta con una convivencia inesperada que la lleva a reconfigurarse.
La historia se construye desde una tensión entre lo que los personajes ocultan y lo que termina por revelarse. La historia se cuenta alrededor del personaje de Olga, una mujer que ha construido muros a su alrededor para no comprometerse emocionalmente con nadie.
“Lo que vemos en ella es su reacción al duelo. La historia explora cómo la llegada de un pequeño comienza a golpear esos muros. Ella intenta no abrirse a este chico hasta que ya no puede. Ese era el trazo que teníamos desde el inicio”, dijo la guionista Vanesa Garnica.
Ese “golpe” externo que desestabiliza lo cotidiano se convierte en el eje narrativo de Moscas, donde la irrupción de un nuevo vínculo opera como detonante de una exposición emocional inevitable. Para Eimbcke, esa idea proviene de una lectura muy personal.
“Nos identificamos muchísimo con el personaje de Olga. Mientras escribíamos el guion, yo vivía en un departamento donde había mucho ruido por los coches y soy muy nervioso, así que usaba tapones para los oídos”, explicó el cineasta durante la charla.
“Olga tiene su sudoku; y yo tenía mi celular y muchas veces también me aislaba. Ahí está el encanto de un personaje roto, en reconocer que nosotros también compartimos esas barreras”, agregó el director sobre los mecanismos de aislamiento contemporáneos.
Esa construcción no se limita al guion, sino que atraviesa el proceso de trabajo con actores, donde la cercanía con experiencias reales fue clave para dar forma a los personajes. En el caso de Teresita Sánchez esa conexión con Olga se nutrió “de mis tías y vecinas”, dijo.
En paralelo, el personaje de Christian incorporó un elemento inesperado al proceso: la espontaneidad del actor infantil Bastián Escobar, quien debuta en la pantalla grande. Su participación no solo definió el tono del personaje, también modificó su construcción.
“Todos nos adaptábamos a su ritmo y creemos que el personaje se fue haciendo un poco más travieso a lo largo del proceso”, bromeó Eimbcke, “Bastian hizo un gran trabajo y lo demostró cuando le pedí algo y él dijo “no” y me dio otra cosa que fue más natural”.
El propio Escobar describió su experiencia como un proceso de descubrimiento directo en el set, “se siente muy bonito hacer tu primera película. Fer fue increíble, me enseñaba los guiones, me decía qué hacer y qué no hacer, y a partir de ahí lo fui entendiendo todo”.
Uno de los elementos formales de Moscas es su construcción del punto de vista. La cámara se sitúa a la altura de los personajes, generando una relación horizontal con sus emociones. Esa decisión no fue estética, sino narrativa y se logró de la mano de la fotógrafa María Secco.