San Luis Potosí empieza a parecer una ciudad diseñada por Netflix, pues todo viene por temporadas, con acceso restringido y contraseña familiar. Antes uno decía “voy a tal colonia” y bastaba con saber más o menos por dónde quedaba. Hoy se necesita santo y seña: nombre del fraccionamiento, número de privada, caseta correcta, QR, llamada al residente, identificación oficial y, si el guardia está inspirado, hasta una mirada de detector de mentiras.
La ciudad abierta, esa donde uno podía perderse con cierta dignidad, se ha ido convirtiendo en un archipiélago de islas privadas. Fraccionamientos cerrados, condominios horizontales, clusters, cotos, privadas y desarrollos con nombres sonoros: Miravalle, Monterra, Pedregal, Villa Antigua, nombres amables para una realidad menos amable, pues cada vez vivimos más cerca, pero más separados.
La referencia inevitable es The Truman Show. En la película, Truman vive en una ciudad perfecta, impecable, segura, luminosa, donde todo parece estar bajo control. El problema es que ese orden tiene truco, pues es un set. Algo parecido pasa con las urbanizaciones cerradas. Prometen tranquilidad, vigilancia, áreas verdes, calles limpias, vecinos conocidos y una burbuja donde el caos urbano queda del otro lado del portón. El detalle es que la ciudad no desaparece: sólo se queda afuera, esperando en la fila de la caseta.
No se trata de satanizar el régimen de condominio. Bien llevado, puede ser una herramienta útil: organiza espacios comunes, reparte gastos, fija reglas, facilita mantenimiento y permite que los vecinos sepan quién poda, quién paga, quién estaciona mal y quién cree que su perro es una extensión diplomática de su personalidad. El problema empieza cuando el condominio deja de ser una forma de administrar y se convierte en una forma de aislarse.
Una cosa es tener reglas internas, otra fabricar pequeñas repúblicas de portón eléctrico. Una cosa es cuidar la convivencia; otra, sospechar de todo lo que se mueve afuera. La ciudad no puede convertirse en una sucesión de aduanas domésticas, donde cada calle parece pedir pasaporte. Porque al final el exceso de cierre produce una paradoja, ya que buscamos seguridad levantando bardas, pero terminamos debilitando eso que también nos protege, que es la vida común.
Las urbanizaciones cerradas también cambian el mapa emocional. La tienda de la esquina cede su lugar al centro comercial; la banqueta, cuando hay, se vuelve decoración; el vecino deja de ser personaje y se vuelve usuario; la calle ya no es lugar de encuentro, sino simple conducto entre cochera, caseta y avenida saturada.
Es el urbanismo del “no me molesten”, que tiene la comodidad de un control remoto y la tristeza de una sala de espera.
San Luis Potosí ha crecido así: a pedazos, a bardas, a privadas, a pequeñas cápsulas de orden. Cada desarrollo promete una versión corregida de la ciudad. Pero, si todos huyen de la ciudad, alguien debería preguntarse qué ciudad queda.
A Truman le tomó toda una película descubrir que su mundo perfecto era demasiado pequeño. A nosotros quizá nos tome menos, pues basta intentar visitar a un amigo, equivocarse de privada y quedarse esperando, como extra de una serie urbana, frente a una pluma que no sube.