En San Luis Potosí, los hombres son quienes menos acuden a revisiones médicas preventivas y, al mismo tiempo, quienes registran un mayor número de fallecimientos por diversas enfermedades. Especialistas relacionan esta situación con patrones culturales profundamente arraigados, con la falta de una cultura de autocuidado y con barreras económicas y laborales que postergan la atención oportuna.
Acuden tarde: cuando el dolor ya es incapacitante
Valeria Padilla, médica residente de Imagenología en el Hospital Central “Dr. Ignacio Morones Prieto”, señaló que en la práctica hospitalaria es evidente la diferencia: las mujeres suelen acudir al médico desde etapas tempranas de alguna molestia, mientras que los hombres frecuentemente llegan cuando el padecimiento ya se encuentra en una fase crítica o de difícil manejo.
“Es común que el paciente masculino busque atención únicamente cuando el dolor es intenso, cuando ya no puede dormir o cuando los síntomas afectan considerablemente su vida diaria y su trabajo. Muchas veces nunca se realizaron una revisión previa porque consideraban que, al no sentir molestias, estaban sanos”, explicó.
Esta conducta, dijo, retrasa diagnósticos que podrían hacerse con estudios simples de laboratorio, ultrasonido o pruebas de antígeno prostático, y obliga a intervenciones más complejas, costosas y con menor probabilidad de éxito.
Las cifras reflejan la diferencia
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), durante 2024 se registraron en San Luis Potosí 10 mil 836 defunciones de hombres. Las principales causas fueron tumores malignos, enfermedades endocrinas y metabólicas como la diabetes mellitus, padecimientos del sistema circulatorio, incluidos infartos y enfermedad cerebrovascular, y enfermedades del aparato digestivo, como cirrosis hepática y padecimientos asociados al consumo de alcohol.
En contraste, entre las mujeres se contabilizaron 4 mil 344 fallecimientos, una cifra que representa menos de la mitad de las muertes reportadas en la población masculina. A nivel nacional, la esperanza de vida de los hombres también es menor: 72.6 años frente a 78.2 años en mujeres, según proyecciones del Consejo Nacional de Población.
Para la doctora Padilla, estos números muestran una realidad que se observa diariamente en hospitales y consultorios: los hombres se atienden menos y, en consecuencia, suelen recibir diagnósticos en etapas más avanzadas de la enfermedad, cuando ya hay complicaciones o metástasis.
El peso de la cultura y los estereotipos de género
La especialista consideró que detrás de esta conducta existen múltiples factores. Por una parte, México mantiene un modelo de atención más enfocado en curar enfermedades que en prevenirlas, con poca inversión en medicina de primer contacto y chequeos anuales.
A ello se suma que las campañas de salud históricamente han puesto mayor énfasis en los padecimientos femeninos. Programas como la detección oportuna de cáncer de mama y cervicouterino han logrado posicionarse en la agenda pública, con jornadas nacionales, mastógrafos móviles y difusión constante.
En cambio, las enfermedades que afectan a los hombres, como el cáncer de próstata o de testículo, han tenido menor presencia en las estrategias de difusión y prevención. “Noviembre Azul”, mes dedicado a la salud masculina, aún tiene bajo impacto comparado con “Octubre Rosa”, reconoció.
Padilla también atribuyó la situación a aspectos culturales. Señaló que desde la infancia muchos hombres crecen bajo la idea de que expresar dolor o malestar es una muestra de debilidad, por lo que aprenden a minimizar sus síntomas y a posponer la búsqueda de atención médica.
“Todavía prevalece la percepción de que el hombre debe ser fuerte, soportar el dolor, no quejarse y seguir trabajando, incluso cuando su salud está comprometida. Eso se refuerza en la familia, en el trabajo y hasta en los grupos de amigos”, indicó.
El trabajo antes que la salud: la barrera económica
Otro de los factores identificados por la especialista es el rol que muchos hombres asumen como principales proveedores económicos de sus familias. En una entidad con una importante población obrera e industrial, como San Luis Potosí, faltar al trabajo por acudir al médico suele verse como una pérdida económica inmediata: descuentan el día, pierden bonos de puntualidad o arriesgan su empleo si no tienen contrato formal.
Esta situación provoca que muchos pacientes decidan ignorar las señales de alerta y automedicarse con analgésicos o remedios caseros para controlar el dolor y continuar con sus actividades. Mientras tanto, la enfermedad sigue avanzando de forma silenciosa.
Cáncer de próstata y colon: diagnósticos tardíos y prejuicios
Entre los padecimientos que con mayor frecuencia observa en pacientes masculinos destacan el cáncer de próstata y el cáncer de colon. Ambos son tratables si se detectan en etapas iniciales, pero la mayoría de los hombres llega al hospital cuando el dolor ya es incapacitante, hay sangrado, pérdida de peso o la enfermedad se encuentra en etapas avanzadas.
Añadió que aún persisten prejuicios alrededor de los estudios relacionados con la salud prostática, especialmente el tacto rectal. Esto genera resistencia incluso entre personas con altos niveles de escolaridad y acceso a servicios privados. “Todavía existe temor, vergüenza y desinformación sobre los métodos de revisión. Algunos hombres prefieren no realizarse estudios por cuestiones relacionadas con su percepción de la masculinidad, con el ‘qué dirán’ o por miedo al diagnóstico”, comentó.
Cuando el cáncer es detectado de manera temprana, las posibilidades de tratamiento y control son mayores: cirugía, radioterapia o vigilancia activa. Sin embargo, cuando la enfermedad ya presenta metástasis a hueso o ganglios, las opciones se reducen y la atención se centra en tratamientos paliativos para mejorar la calidad de vida.
Fortalecer la prevención desde todos los frentes
Para la especialista, modificar esta realidad implica fortalecer la cultura de la prevención y normalizar que los hombres también acudan a revisiones periódicas, antes de que el cuerpo sea quien obligue a pedir ayuda.
Esto requiere campañas permanentes dirigidas a hombres, chequeos laborales obligatorios, educación desde la infancia para eliminar estigmas y mayor acceso a pruebas como antígeno prostático específico, colonoscopias y estudios de laboratorio básicos después de los 40 años. “Necesitamos que ir al médico no se vea como debilidad, sino como responsabilidad. La prevención salva vidas y también ahorra costos al sistema de salud”, concluyó.