Existe un viejo proverbio que dice: “Cuando los elefantes pelean, es la hierba la que sufre”. En el escenario político actual, los elefantes son los gobernantes, atrapados en un constante choque de egos y voluntades de poder, mientras que la hierba —aplastada, silenciada y olvidada— es el pueblo que supuestamente representan.
La política, su ejercicio, en su definición más pura y romántica, nació como el arte de conciliar voluntades para alcanzar el bien común. Sin embargo, hoy asistimos a una preocupante metamorfosis que aniquila y, hace sufrir. Ya no se gobierna para resolver problemas; se gobierna para ganar batallas personales. La voluntad política ha dejado de ser un motor de progreso para convertirse en un arma de destrucción mutua entre facciones.
Cuando el diálogo se rompe en las altas esferas, los efectos colaterales no tardan en filtrarse a las calles. Lo vemos a diario:
Presupuestos congelados porque un bando se niega a darle una "victoria" al otro. Obras de infraestructura abandonadas a medio construir solo porque fueron iniciadas por la administración anterior.
Reformas urgentes en salud y seguridad que duermen el sueño de los justos en el Congreso mientras los legisladores se dedican a intercambiar insultos en redes sociales.
El verdadero drama de la política moderna es que los gobernantes confunden el mandato popular con un cheque en blanco para saciar sus revanchas personales, en aras de conseguir dinero y poder públicos.
Mientras los líderes políticos se atrincheran en sus posturas ideológicas y miden sus fuerzas en un juego de vencidas que parece no tener fin, las consecuencias las sufre el ciudadano de a pie.
Es la madre de familia que no encuentra medicinas en el hospital público; es el comerciante que debe cerrar su negocio por la inseguridad que nadie combate; es el joven que ve frustrado su futuro por un sistema educativo rehén de disputas gremiales y políticas. Para ellos, los discursos de barricada no llenan la mesa ni devuelven la tranquilidad.
Los pleitos ajenos de la clase política cuestan vidas, tiempo y desarrollo. La polarización no es una estrategia de gobierno eficiente, es solo una cortina de humo para ocultar la incapacidad de llegar a acuerdos.
Un gobernante maduro no es aquel que aplasta a su oposición, sino el que tiene la capacidad de sentarse a la mesa con quien piensa diferente para construir soluciones. La voluntad política no debería medirse por la terquedad de sostener una postura a capa y espada, sino por la flexibilidad para ceder en favor de las mayorías.
Es hora de exigir que la política regrese a su eje. El pueblo no puede seguir siendo el rehén de una guerra civil de egos. Al final del día, los gobernantes pasan, sus cargos expiran y sus privilegios los protegen de la realidad; pero las cicatrices de sus disputas se quedan en el tejido social de una sociedad que ya no aguanta más pleitos ajenos.