¿A qué nos reducimos sin compasión? Sin compartir. Es verdad que el corazón puede irse cerrando en un mundo en dónde las decepciones, la hostilidad y la indiferencia se siguen manifestando y en ocasiones, incluso hasta normalizando, sin embargo, las personas que han tomado el camino de mirar hacia adentro, iluminar la propia sombra y profundizar en el autoconocimiento, saben que la verdadera victoria espiritual se trata de seguir guardando el fuego luminoso del amor a sí mismo(a) y al prójimo, en todas sus especies y reinos.
¿Por qué voy a ser amable con los demás si me han tratado tan mal? Si, el discernimiento diría que la empatía con quien está completamente conciente de dañar, es una complicidad hacia un perpetrador en contra de sí mismo(a), pero no todas las personas se han alejado de su propia fuente de luz y amor. Y quienes lo han hecho en algunas áreas, en otras siguen guardando el calor del alma, ese que es capaz de parar un conflicto de egos estridentes. El trabajo de un héroe o una heroína es precisamente llegar a sanar las heridas, elegir la actitud que beneficia a su estadío en la tierra y parar con la guerra.
La mejor venganza ante las ofensas y maltratos, es el autocuidado en todos los sentidos. A veces, la vida nos da la oportunidad de ayudar a otros(as) a través de nuestros talentos, fuerza, inteligencia o incluso circunstancias y tal vez ese es un regalo para nosotros.
Un regalo envuelto en mendicidad, en enfermedad, en situación crítica o simplemente en soledad. Y ¿Realmente abrimos el corazón? ¿Realmente nos detenemos a empatizar o vivimos en el hartazgo y la pelea constante? A veces es verdad que no nos da la energía, ni el presupuesto, ni la mente, incluso ni el cuerpo para detenernos a socorrer a alguien que lo necesita y es que tal vez allí es donde se le da la oportunidad a alguien más para acercarse a nosotros y brindarnos luz y ayuda.
Pero cuando podemos hacer algo por el otro, comprenderlo(a), ponernos en su piel y brindar alguna ayuda material, emocional, energética, espiritual y de cualquier índole y no lo hacemos, tal vez estamos en el sendero del egoísmo y la indiferencia. Los dos extremos pueden ser peligrosos.
Ayudar tanto y empatizar a un nivel de abandonarnos a nosotros(as) mismos(as) es falta de compasión hacia el prójimo más cercano que tenemos que es uno(a) mismo(a), pero ir por el mundo sin mirar esas oportunidades de ser amables con alguien más, informar, guiar, abrir el camino de alguna manera, sobre todo cuando no nos cuesta nada, cuando es el mismo cielo quien nos ha puesto en el camino del otro para ser canal de ayuda nos condena a cerrar el corazón lentamente.
A veces nos puede ganar el rencor, el resentimiento, el miedo entre otras malas hierbas y perdernos la oportunidad de dar amor en cualquiera de sus presentaciones a quien está desesperado(a) o ya no puede pedir ayuda. Es posible que sea una tarea de calibración mental, de instinto y de intuición el saber a quién, como, cuánto y cuando brindar la ayuda ordenadamente.
Hacerlo sin perdernos en el otro y cuidarnos de que no sea un control o una intromisión por querer ayudar a alguien que no lo ha solicitado. Pero empatizar es dejar a un lado al ego que disfruta de separar y saber que todos tenemos nuestras diferencias y nuestros contextos, historias, información y dolores e intentar por un momento comprender qué es lo que está viviendo ese ser humano, ese animal no humano que está en una situación difícil.
La crítica, el juicio y la condena son los carceleros que nos celan para que no pasemos las pruebas de la trascendencia. Pueden existir creencias muy arraigadas que hablen de una superioridad moral desde dónde se puede excluir al otro, castigarle y condenarlo(a), pero sin saber exactamente qué es lo que realmente le sucedió.
Sentir compasión, empatía y conexión hablan de salud, criterio propio y conciencia. ¿Y qué tal que esa persona a quien asisto, aunque no esté de acuerdo con él o ella, resulta que me abre la conciencia y me inunda el corazón con un nuevo aprendizaje? ¿Y qué tal que mi puesto de trabajo deja de ser mecánico y uso esa labor para realmente beneficiar a cada persona que se acerque a solicitarme una solución? ¿Y qué tal si cedo el paso y le permito a la persona que va de prisa y eso le ayuda a despedirse de su ser amado a punto de morir? ¿Y qué tal si le ayudo a la persona que no puede ver muy claramente su recibo de pago, en vez de desesperarme y dejar que todos le miren con fastidio? ¿Y qué tal si en vez de avergonzar a la persona que no tiene suficiente movilidad para subir al transporte le ayudo con la fuerza que aún tengo en mis brazos? ¿Y qué tal si alimento, resguardo y consigo un hogar para un perro o gato en situación de mendicidad? ¿Y qué tal si esa empatía es la que justo yo necesito para que me salgan las alas del espíritu?
Deseo para ti que encuentres a tu alrededor personas empáticas, que te abracen, te acompañen y te bendigan, así como también que la luz en tu corazón alumbre cada vez más a los tuyos y a quienes estén cerquita de ti.
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta.
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.