Guadalajara tuvo el jueves una invasión consentida. Desde temprano la ciudad empezó a comportarse como esos personajes secundarios de película que, sin pedir permiso, se roban la escena. Calles cerradas, camisetas verdes, puestos improvisados, familias caminando como peregrinación rumbo al estadio y un tráfico, con varias líneas temporales, tensión creciente y nadie entendiendo del todo por dónde salir o que hacer.
México le ganó 1-0 a Corea del Sur. Gol de Luis Romo, sufrimiento reglamentario y esa cuota muy mexicana de dramatismo sin la cual parece que el triunfo no tiene validez oficial porque, como siempre, hay momentos de duda justificada sobre nuestra selección.
Pero el partido verdadero no ocurrió nada más en la cancha, también ocurrió en la ciudad, en los cruces bloqueados, en los restaurantes llenos, en los celulares levantados, en los turistas coreanos tratando de descifrar si el mariachi era bienvenida, advertencia o banda sonora de una misión imposible.
Había algo de la muy coreana serie “El juego del calamar”. Todos siguiendo instrucciones, todos buscando avanzar a la siguiente estación, todos convencidos de que una mala decisión de movilidad podía eliminarlos antes del silbatazo inicial. La diferencia es que aquí nadie vestía de rosa con máscara geométrica, bastando un chaleco fluorescente y la frase más mexicana del día: “por aquí no se puede pasar, joven”.
Y sin embargo, no hay fronteras cuando se quiere llegar al ritual del partido mundialista. Eso hacen las ciudades cuando llega un partido grande, porque se quejan, se traban, se inflan, se ponen ridículas y luego se perdonan. Guadalajara, que tiene una relación muy seria consigo misma, aceptó por unas horas convertirse en escenario de fiesta ajena y propia.
Porque el Mundial tiene ese truco: nos vende futbol, pero nos entrega una radiografía urbana. De pronto se nota todo lo que funciona y lo que no, lo que presume la autoridad y lo que debe resolver el ciudadano, lo que se planea en oficina y se improvisa en banqueta.
La selección ganó con lo justo, como quien paga la cuenta exacta. No fue realmente una exhibición técnica, fue una victoria mexicana: despeinada, nerviosa pero eficaz, con un portero salvando la noche y con medio país diciendo “así no vamos a llegar muy lejos, aunque por hoy ganamos”.
Ese es nuestro deporte nacional dentro del deporte nacional: celebrar con sospecha. El gol entra y ya estamos revisando la factura moral del festejo; que si se sufrió demasiado, que si Corea perdonó, que si el rival era difícil, que si Aguirre, que si siempre lo mismo. Somos expertos en diluir el tequila con análisis táctico.
Pero ayer Guadalajara recordó algo que a veces olvidamos entre tanto comentario de sobremesa y es que un partido no sólo se gana en el marcador, también se gana cuando una ciudad se deja atravesar por una emoción común, cuando por unas horas miles de desconocidos caminan hacia el mismo lugar creyendo que el país puede parecerse, aunque sea de lejos, a una conversación compartida.