'Bulevar de Ideas'
Hay una curiosa sensación cuando uno llega a una ciudad en vacaciones y, de pronto, todo parece ligeramente fuera de lugar. Las calles son las mismas, sí. Los edificios no se movieron. El semáforo sigue ahí, terco como siempre. Pero algo cambió.La ciudad respira distinto.
En vacaciones, las ciudades no desaparecen, se aflojan la corbata. Algunas se vacían, otras se llenan hasta el borde; las oficinas bajan la cortina, los cafés cambian de clientela, las avenidas pierden ese ruido de todos los días y aparecen familias caminando lento, niños con helados, turistas con cara de mapa incomprendido y personas que, por fin, se sientan en una banca sin ver el reloj.
Me gusta pensar que la ciudad en vacaciones se parece un poco a Kevin McCallister en Mi pobre angelito 2: perdido en Nueva York. No por el abandono, claro, sino por esa mezcla rara de libertad, desconcierto y asombro. Kevin llega a Nueva York solo, con una tarjeta de crédito, una maleta y una seguridad absurda para su edad. La ciudad se le presenta como parque de diversiones, amenaza, refugio y laberinto, todo al mismo tiempo. Y algo así nos pasa también cuando salimos de nuestra rutina.
Porque una ciudad conocida puede volverse desconocida apenas la veamos sin prisa.Uno puede vivir años en el mismo lugar y no haber visto nunca cómo cae la luz a media mañana sobre una plaza, o descubrir que la panadería de la esquina huele distinto cuando no vamos corriendo. O que aquella calle, que entre semana parece diseñada únicamente para apuros y pendientes, en vacaciones permite escuchar pasos, risas, una bicicleta o paseantes de mascotas.
La ciudad cotidiana es una máquina en funcionamiento, una ciudad en vacaciones es una charla, en eso está lo interesante. Para algunos, la ciudad de vacaciones es el aeropuerto, la central camionera, la carretera que promete playa, pueblo mágico o casa de los primos. Para otros, es quedarse, porque quedarse cuando todos se van tiene una belleza particular. Es como tener prestada la ciudad por unos días.
Hay menos tráfico, menos urgencia, menos cara de lunes y más aire de fin de semana. Uno puede hacer cosas pequeñas que normalmente no caben en la agenda: caminar sin destino, desayunar tarde, entrar a una librería sólo para hojear, comprar una nieve, sentarse en una plaza y mirar pasar gente que tampoco parece tener demasiada prisa.
Claro, también hay otra cara. Las ciudades turísticas, en vacaciones, a veces dejan de ser de quienes las habitan y se vuelven escenario. Sube el ruido, los precios, la basura, la paciencia; los vecinos aprenden a esquivar maletas, reservaciones, camionetas mal estacionadas y visitantes convencidos de que descansar les da permiso de invadir. Pasa, en serio pasa, no nos engañemos.
Una ciudad no sólo se mide por cómo funciona en lunes laboral, a las ocho de la mañana, cuando todos van tarde; también se mide por cómo recibe al que llega, cómo cuida al que se queda y cómo soporta el entusiasmo ajeno sin romperse.
Eso es lo que Kevin descubre en Nueva York, aunque con ladrones torpes y música navideña de fondo: la ciudad puede asustar, sí, pero también puede adoptar por unas horas al que anda perdido. Puede regalarle una juguetería iluminada, un hotel absurdo, un parque enorme, una amistad inesperada con una mujer rodeada de palomas. La ciudad, cuando quiere, también sabe ser casa.
Porque uno se va de vacaciones para cambiar de aire, pero a veces basta con cambiar de mirada.