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La lluvia y la ciudad

'Bulevar de Ideas'

La lluvia no cae sobre las ciudades, las interroga; les pregunta dónde escondieron los ríos, por qué cubrieron de asfalto lo que antes respiraba, quién decidió que una banqueta podía medir lo mismo que una disculpa o menos y por qué una coladera tapada termina revelando más sobre la vida pública que muchos discursos solemnes.
 
En Cien años de soledad, la lluvia interminable no nada más es un episodio climático, es una forma de desgaste porque Macondo se moja hasta volverse memoria blanda, casa en vías de derruirse, patio invadido por la humedad. Gabriel García Márquez entendió algo que los urbanistas a veces olvidan, y es el hecho de que el agua no es decorado, es personaje. Entra, insiste, vuelve, se filtra, no acepta que la ciudad finja ser más sólida de lo que es.
 
Algo parecido ocurre cada temporada de lluvias. Durante meses, la ciudad posa para la foto oficial, con avenidas más o menos dignas, fachadas repintadas, centros comerciales con luz casi de quirófano, glorietas que pretenden tener importancia y desarrollos inmobiliarios impresionantes. Luego llega la primera tormenta fuerte y la ciudad pierde el maquillaje. 
 
Aparecen los baches con vocación de cenote, las calles convertidas en canales venecianos de bajo presupuesto, los autos detenidos como patos confundidos, las personas saltando charcos con una cuasielegancia desesperada. La lluvia tiene algo de periodista incómoda, pues no entrevista, más bien exhibe. 
 
Nos muestra si una ciudad pensó en los peatones o sólo en los parabrisas; si el drenaje fue planeado o improvisado; nos dice si los árboles fueron considerados infraestructura o simple adorno. 
 
En seco, una mala ciudad puede pasar por funcional. Bajo la lluvia, no hay simulación que aguante.
 
Pero sería injusto reducir la lluvia a catástrofe. También es una de las pocas fuerzas capaces de devolverle encanto a la ciudad contemporánea. Moja el ruido y lo atenúa; vuelve más lentas las esquinas, convierte los reflejos de los semáforos en pequeños cuadros de pixeles. Hace que las ventanas parezcan más profundas, que los cafés se vuelvan estaciones de salvamento, que las conversaciones bajen la voz. 
 
Expulsamos el agua de la visibilidad, la entubamos, la mandamos al subsuelo, la borramos de los mapas y luego nos asombramos cuando regresa a reclamar su vieja ruta. El agua tiene una memoria terca. Puede olvidar nombres de calles, pero no pendientes y zanjas; puede ignorar reglamentos, pero no cauces. Donde hubo arroyo, tarde o temprano habrá corriente; donde hubo suelo vivo, el pavimento terminará tocando a retirada.
 
Una ciudad inteligente no es la que presume que nunca se inunda, sino la que entiende que lloverá, diseñando sus parques para que absorban, banquetas que protejan, árboles que enfríen, drenajes que no se rindan a la primera bolsa de plástico, la que acepta que la lluvia no es anomalía, sino parte del contrato urbano.
 
Quizá por eso la imagen de Macondo bajo el diluvio sigue siendo tan poderosa, no habla de un pueblo remoto, sino de todas las ciudades que creyeron poder domesticarlo todo. 
 
La lluvia llega y nos baja la soberbia. 
 
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