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El Mundial sin alma

Libertad de Opinión.

Desde mi percepción, este Mundial se siente muy distinto al de México 1986, aquel que me tocó vivir con intensidad, emoción y hasta con cierta inocencia futbolera que hoy parece solo añoranza.
 
Recuerdo que, de entrada, la selección mexicana dirigida por Bora Milutinovi? se preparó con tiempo, con seriedad y con una idea clara. Al final, los resultados fueron positivos: México terminó en sexto lugar entre veinticuatro selecciones. Nada menor. Hoy, en cambio, a unos días del inicio de la justa mundialista, la selección del “Vasco” Aguirre genera más dudas que certezas.
 
En aquel 86, varias selecciones visitaron el país y hasta canciones emotivas se grabaron. Recuerdo perfectamente la de Alemania. Se hicieron campañas de acercamiento, la gente hablaba del Mundial en la calle, en la escuela, en la oficina y en la sobremesa. El ambiente se respiraba. Había emoción generalizada.
 
Tengo muy presente aquel videoclip de la selección mexicana, con los jugadores vestidos con un bonito pants verde, cantando un tema que muchos nos sabíamos casi como himno no oficial. También se crearon comerciales de televisión inolvidables, programas emblemáticos y toda una narrativa popular alrededor del torneo. Y lo mejor: los boletos para entrar a los estadios estaban, en buena medida, al alcance del bolsillo de los mexicanos. El Mundial era una fiesta, sí, pero una fiesta donde todavía dejaban entrar al pueblo.
 
Hoy, en cambio, el Mundial se comparte con Estados Unidos y Canadá, y el contexto no ayuda demasiado. Las relaciones con el vecino del norte no pasan por su mejor momento. El tema de la inmigración es delicado, el narcoterrorismo aparece en la conversación pública y, dentro del país, hay amenazas de protestas de distintos sectores que exigen soluciones a problemas muy reales. No parece precisamente el escenario ideal para vendernos una postal de unidad, alegría y futbol.
 
La primera mandataria de la nación, Claudia Sheinbaum, no asistirá al partido inaugural. Tal vez sea una decisión prudente. Quizá nadie en Palacio Nacional quiere repetir aquella escena de Miguel de la Madrid en el Estadio Azteca, cuando recibió un abucheo monumental del público. Ahora, por cierto, el histórico Azteca será llamado para este evento “Estadio Ciudad de México”.
 
El ambiente se siente más frío, lo percibo menos emotivo y, por si algo faltara, casi inaccesible para la mayoría de los mexicanos que quisieran comprar un boleto. Este parece perfilarse como un Mundial para las élites, no para la afición de a pie. La FIFA, cada vez más enfocada en el negocio que en el deporte, llega a este Mundial 2026 con nada más y nada menos que 48 selecciones nacionales. Será la primera vez en la historia que el torneo se juegue con ese formato, dejando atrás los 32 equipos de ediciones anteriores.
 
Con tantos invitados, hasta clasificar parecerá menos hazaña y más trámite administrativo. Por eso, que no nos quieran engañar: si la selección mexicana llega al tan añorado “quinto partido”, no será una gran hazaña. Porque en un Mundial inflado, ampliado y comercializado hasta el último rincón, trascender ya no significa necesariamente lo mismo.
 
Este Mundial, al menos por ahora, no se siente como una fiesta popular. Se siente como un gran espectáculo global, muy rentable, muy blindado, muy televisado, pero con poca alma. Y eso, para quienes vivimos el 86 con el corazón en la mano y la camiseta puesta, se nota. Se nota demasiado.
 
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