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¿Aquí sí hay quien viva?

'Bulevar de Ideas'

La serie española Aquí no hay quien viva entendió muy bien, desde la comedia, que la vida entre vecinos tiene una materia prima inagotable, conformada por los ruidos, cuotas, juntas, malentendidos, reclamos, afectos, pequeñas manías y esa extraña habilidad humana para convertir un asunto menor en conflicto comunitario. Su gracia no estaba sólo en exagerar la convivencia, sino en mostrar algo reconocible, cuando muchas personas comparten calles, muros, accesos, pasillos, jardines, estacionamientos o reglas comunes, la vida privada deja de ser completamente privada y empieza a rozarse todos los días con la de los demás.
 
El título de aquella serie televisiva, aun hoy retransmitida reiteradamente, resumía con humor una verdad bastante conocida, como lo es el vivir cerca de otras personas puede ser una experiencia maravillosa, insoportable o ambas cosas al mismo tiempo. La frase funciona porque todos entendemos que la convivencia tiene algo de comedia cotidiana, por sus pequeños roces, reclamos mínimos, acuerdos frágiles, juntas largas y personajes que parecen escritos por un guionista con mucha paciencia y algo de malicia.
 
La vida en condominio participa de ese mismo espíritu. No se limita, desde luego, al edificio de departamentos con elevador, pasillos y buzones; también aparece en los fraccionamientos cerrados, en las privadas residenciales, en los conjuntos horizontales, en los desarrollos mixtos y en todas esas formas de vivir donde cada quien tiene su casa, su departamento o su espacio, pero comparte calles interiores, accesos, jardines, bardas, vigilancia, áreas comunes, reglamentos y cuotas de mantenimiento.
 
Uno llega a vivir a un condominio pensando en lo propio, es decir, en mi casa, mi cochera, mi jardín, mi terraza, mi sala, mi estudio, mi puerta. Y sí, todo eso importa. La propiedad privada es también una forma de descanso, de identidad y de refugio. Pero el condominio agrega una segunda capa que no siempre se ve al principio, el que lo mío convive todos los días con lo de todos. Ahí empieza la verdadera historia.
 
La música que para uno acompaña una reunión puede ser el insomnio del vecino; el coche colocado “sólo un momento” puede bloquear el paso de alguien más; la basura sacada fuera de horario puede convertirse en olor, desorden o plaga; la mascota que para su dueño es parte de la familia puede ser un problema si nadie recoge lo que deja o si ladra toda la noche. 
 
El condominio enseña algo muy simple: nadie vive completamente aislado. Aunque haya bardas, casetas, cámaras y controles de acceso, la convivencia no se resuelve con infraestructura, se necesita algo más difícil, menos visible y mucho más importante, la consideración a los demás
 
Al final, en un condominio sí hay quien viva, siempre que se entienda lo esencial: la tranquilidad propia no se construye contra los demás, sino junto con ellos. Entre mi puerta y la puerta del vecino hay algo más que distancia. Hay una forma mínima de comunidad. 
 
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