Vértice
Amigas y amigos de Plano Informativo,vivimos en una época obsesionada con el rostro.
Vivimos en una época obsesionada con la imagen.
Con el nombre propio.
Con la necesidad permanente de ser vistos.
Hoy todo parece girar alrededor de la construcción de una identidad, la marca personal, el protagonismo constante, la idea de que mientras más visible sea alguien, más poder posee. Nos acostumbramos a liderazgos construidos desde el ego, desde la necesidad de reconocimiento inmediato y del aplauso permanente.
Pero las civilizaciones antiguas entendían algo muy distinto.
Los mexicas tenían una figura profundamente poderosa, me refiero a elixiptla.
La traducción simple diría que era un “representante” de los dioses, aunque el concepto iba mucho más allá. Cuando un hombre era revestido con la máscara y los símbolos de una deidad, dejaba de actuar únicamente como individuo. Su historia personal, sus miedos, incluso su identidad cotidiana, quedaban atrás para asumir algo más grande que él mismo.
La máscara no buscaba engrandecer al hombre. Buscaba disminuir su ego. Y quizá ahí se encuentra una de las lecciones más profundas sobre el poder.
Porque hay responsabilidades demasiado grandes para sostenerse desde la vanidad personal. Hay causas colectivas que exigen carácter, disciplina y, sobre todo, la capacidad de comprender que el liderazgo auténtico no se trata solamente de destacar.
Se trata de servir.
El ixiptla simbolizaba precisamente eso, el deber de vaciarse de uno mismo para permitir que una responsabilidad superior ocupara ese espacio. La comunidad ya no veía únicamente a un hombre común; veía una figura que representaba algo más grande que sus intereses personales.
Hoy vivimos exactamente lo contrario.
Padecemos liderazgos construidos alrededor del culto a la personalidad. Todo depende del humor del día, de la popularidad momentánea, de la necesidad constante de aprobación. Y cuando el ego ocupa demasiado espacio, las instituciones terminan debilitándose.
Porque el protagonismo individual suele ser frágil.Las causas verdaderamente importantes no.
Tal vez por eso el concepto del ixiptla sigue resultando tan vigente siglos después. Porque nos recuerda algo que hemos olvidado, hay momentos donde el deber debe pesar más que el aplauso. Donde la responsabilidad colectiva debe colocarse por encima de la necesidad personal de reconocimiento.
Y eso no aplica únicamente a la política o al poder público. También ocurre en la vida cotidiana.
En quienes tienen la responsabilidad de dirigir una familia, coordinar un equipo, construir comunidad o tomar decisiones que impactan a otros. Porque el verdadero liderazgo casi nunca consiste en ocupar el centro de la escena.
A veces consiste simplemente en sostener.Sostener una institución.Sostener una responsabilidad.Sostener a otros incluso cuando nadie lo reconoce.
Y eso requiere mucho más carácter del que exige solamente llamar la atención.
Al final, el rostro siempre termina desgastándose. La fama cambia. La popularidad pasa. Pero las causas que sobreviven son aquellas donde alguien tuvo la madurez suficiente para entender que el poder nunca le perteneció del todo.
Que solamente fue llamado a encarnarlo por un momento.Y quizá ahí reside la lección más importante del ixiptla.Entender que el verdadero poder no consiste en alimentar el ego…sino en tener el carácter suficiente para vaciarlo.
De corazón, gracias por su lectura.
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