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La espera como una forma de vida

'Bulevar de Ideas'

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Se espera en el tráfico, frente al semáforo, en la fila del banco, en la sala de urgencias, en el restaurante que no tiene mesa disponible, en la oficina pública donde siempre falta una copia, en la pantalla del teléfono que anuncia: “su pedido llegará en 17 minutos”, aunque todos sabemos que esos 17 minutos pertenecen a una dimensión desconocida.La espera, que antes parecía un intervalo entre una cosa y otra, se ha convertido en una forma de vida. No esperamos para vivir: vivimos esperando.

Quizá por eso una película como La terminal, con Tom Hanks, resulta más profunda de lo que parece. En ella, Viktor Navorski queda atrapado en un aeropuerto porque su país entra en conflicto y sus documentos dejan de tener validez. No puede entrar a Estados Unidos, pero tampoco puede regresar a casa, así que vive en una sala de espera, come ahí, duerme ahí, se adapta ahí. Su vida queda suspendida en ese espacio impersonal diseñado para que nadie permanezca demasiado tiempo.

Viktor no está tan lejos de nosotros. También habitamos pequeñas terminales todos los días. A veces son avenidas detenidas a las ocho de la mañana, trámites digitales que prometían ahorrarnos tiempo y terminan exigiendo contraseña, token, código, correo de confirmación, reconocimiento facial y una paciencia que ningún ser humano normal posee. A veces son colonias enteras donde la gente espera que arreglen la calle, que llegue el agua, que pase el camión, que funcione la luminaria, que alguien recoja la basura, que alguien responda.

La ciudad moderna no solo se mide por sus edificios, sus puentes o sus centros comerciales; se mide también por la cantidad de tiempo muerto que impone a sus habitantes. Una ciudad injusta no es solamente la que reparte mal el espacio, sino la que reparte mal el tiempo.

Hay personas que pueden pagar para no esperar y usan estacionamientos privados, aplicaciones rápidas, accesos preferentes, consultas inmediatas, trámites gestionados por alguien más. Otras, en cambio, pagan con horas de vida.

El tráfico es quizá el ejemplo más evidente. Una hora diaria de ida y otra de vuelta no son “traslados” únicamente, son diez horas semanales, son cuarenta al mes; son casi una semana laboral completa metida dentro de un automóvil, un camión o una fila de claxonazos. La ciudad nos dice que estamos avanzando, pero muchas veces solo estamos envejeciendo en segunda fila.

La espera también tiene una dimensión psicológica. Nos vuelve irritables, desconfiados, resignados. El ciudadano que espera demasiado aprende a bajar sus expectativas. Ya no exige eficiencia; se conforma con que el sistema no lo maltrate tanto; no espera puntualidad; agradece que algo ocurra, aunque sea tarde. La espera prolongada educa en la resignación.

En La terminal, Viktor sobrevive porque convierte la espera en mundo. Hace amigos, aprende códigos, encuentra rutinas, inventa una casa provisional donde solo había tránsito. Esa es su victoria íntima. Porque esperar puede ser una virtud, pero vivir esperando ya es otra cosa.

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