Las marcas políticas no mueren únicamente por perder elecciones. Mueren por perder legitimidad moral. Hoy, MORENA enfrenta el momento más complicado desde su creación y desde su llegada al poder: que su nombre, logotipo, colores comiencen a ser vinculados, nacional e internacionalmente, no solo con con la corrupción o la narcopolítica, sino con estructuras que el Gobierno de los Estados Unidos considera terrorismo.
Medios estadounidenses ya mencionan entre sus paginas o contenidos virtuales la posibilidad de que Donald Trump, presidente de los EU, califique a MORENA como organización terrorista. Causa risa entre los militantes y simpatizantes de la 4T, pero… esto que parece hace unos años como algo impensable, esta a nada de ocurrir, ya forma parte de la conversación política.
Este desprestigio de MORENA no es de ahora, no lo detonó Rocha MOYA y sus acusaciones por presuntos vínculos con el narco; viene desde el “abrazos no balazos” del Presidente, Andrés Manuel López Obrador. Fue ahí donde comenzó la percepción ciudadana de que MORENA y sus gobiernos no combatirían al crimen organizado sino a protegerlas políticamente, y la percepción, en marketing político es realidad.
Durante años, AMLO y MORENA construyeron una narrativa basada en la superioridad mora. El movimiento de la Cuarta Transformación se presentó como la antítesis de la corrupción, el viejo régimen y los pactos oscuros del poder. Su fuerza estaba en la idea de que “eran distintos, no son iguales”. Pero todo marca política depende de la coherencia, y cuando esa no lo hay en los hechos el relato se fractura y esto es lo que esta ocurriendo con MORENA, y es grave, desvastadora: el partido de la esperanza y su gobierno protegen a los suyos incluso bajo acusaciones extremadamente graves.
La situación se agrava con el endurecimiento del discurso del presidente, Donald Trump y sectores republicanos que ya hablan de una intervención más agresiva contra organizaciones criminales mexicanas. Washington ha elevado el tono al advertir que habrá más acusaciones contra políticos de MORENA presuntamente ligados al narcotráfico, y desde la lógica gringa, los cárteles ya fueron clasificados como organizaciones terrorista. Por ello, cualquier narrativa que asocie a MORENA con protección, financiamiento o colaboración indirecta con esos grupos coloca al instituto político en una zona de altísimo riesgo reputacional a nivel internacional. A nivel de marketing y comunicación política, el daño para MORENA ya comenzó y fuerte, porque una vez instalada la palabra: “terrorismo” alrededor de ella, el impacto es demoledor, porque el término destruye cualquier matiz, no admite grises, contamina todo.
El riesgo rumbo a las elecciones del 2027 es enorme, eso lo saben en MORENA, lo saben en Palacio Nacional, ¿por qué? Porque ya perdieron la confianza moral, ya no tiene autoridad ética. Hoy, MORENA ya no puede señalar corrupción, ésta palabra, dicha desde adentro hacia la ciudadanía provoca burlas, chistes, memes, indignación. Ya no puede hablar de transformación sin que aparezca la duda. Ya no puede construir esperanza sin cargar el peso de la sospecha. Y aquí es donde las marcas políticas comienzan a derrumbarse.