Vaya título el que se me ocurrió para esta columna, y es que posee un sentido profundamente figurado y, al mismo tiempo, tan literal que prefiero dejar esa interpretación a su libre albedrío, porque quizá cada uno encontrará en estas palabras una resonancia distinta según la realidad que viva, observe o experimente dentro y fuera de las escuelas. Y antes de continuar, permítanme ofrecer una disculpa por irrumpir de manera tan abrupta en un tema que ha desatado tanta controversia y opiniones encontradas, pero no podía dejar de lado esa “cosquilla” intelectual y emocional de aportar una humilde reflexión —más que una opinión— sobre un asunto que hoy ocupa conversaciones en escuelas, hogares, redes sociales y espacios políticos de todo el país.
Como muchos de nosotros ya sabemos, México entero ha quedado inmerso en una discusión que parece no encontrar punto medio: el posible adelanto de las vacaciones escolares derivado de las intensas olas de calor y de la organización del Mundial de Futbol 2026 ha generado una auténtica vorágine de posicionamientos, críticas, debates y conjeturas. La Secretaría de Educación Pública anunció modificaciones al calendario escolar argumentando razones climáticas y logísticas relacionadas con dicho evento internacional, aunque posteriormente se aclaró que aún existen aspectos en análisis y revisión, y que solo había sido una propuesta.
Y como suele acontecer cuando se habla de educación en nuestro país, todos tenemos algo que expresar. Los padres y las madres externan preocupación porque para muchos hogares las escuelas representan mucho más que un simple recinto académico; constituyen también un espacio de estabilidad, resguardo y organización familiar. Los docentes manifiestan inquietud por los contenidos que podrían quedar inconclusos, por el rezago educativo que aún persiste y por la carga de trabajo que inevitablemente tendría que comprimirse en menos tiempo. Los estudiantes, desde su propia óptica, oscilan entre la emoción de unas vacaciones anticipadas y la incertidumbre de cerrar de manera precipitada un ciclo escolar. Los políticos defienden posturas ideológicas; algunas personas opinan desde la experiencia y otras desde la mera percepción inmediata. Todas esas voces poseen validez. Todas merecen respeto. Porque la educación jamás debería analizarse desde el simplismo ni desde la descalificación irreflexiva.
Siempre existirán posturas divergentes y puntos de vista distintos, porque cada sector involucrado defenderá aquello que considera prioritario desde su propia realidad. Habrá quienes piensen que adelantar las vacaciones es una medida necesaria ante las temperaturas extremas que azotan diversas regiones del país; otros considerarán que interrumpir el calendario escolar representa un riesgo para el aprendizaje y para la ya compleja situación educativa que atraviesa México. Algunos hablarán desde la experiencia cotidiana dentro de las aulas, otros desde la dinámica familiar, otros desde la administración pública y muchos más desde la simple observación externa. Y todas esas perspectivas poseen legitimidad, porque responden a vivencias, necesidades y preocupaciones diferentes.
Si en esta columna hablara únicamente desde mi condición docente, probablemente podría mencionar innumerables realidades que diariamente se viven dentro de las escuelas y que pocas veces alcanzan a percibirse fuera de ellas. Sin embargo, hoy no pretendo convertir esta reflexión en un ring de lucha libre, ni señalar culpables. Más bien quisiera invitar a una reflexión serena, sensata y colectiva sobre aquello que verdaderamente debería importar cuando hablamos de educación Por ello, sea cual sea la decisión que finalmente se tome —o se haya tomado— respecto al calendario escolar, ojalá responda verdaderamente al beneficio de los estudiantes y al fortalecimiento de la educación mexicana, porque al final del día cualquier determinación debería tener como eje rector el aprendizaje, la integridad y las necesidades reales de quienes habitan las aulas. Y reitero, con absoluta convicción, mi respeto hacia todas las posturas que han surgido alrededor de este tema, porque del diálogo respetuoso, de la capacidad de discernir y también del legitimo disentir, pueden construirse acuerdos valiosos donde todas las partes encuentren beneficios comunes. Escuchar con empatía y debatir con prudencia sigue siendo una de las formas más sensatas de construir una sociedad más consciente y una educación más humana.
Por todo eso y más, quizá el título de esta columna resulta tan simbólico y controversial. Porque mientras afuera todo parece una vorágine de opiniones, controversias y posturas encontradas, dentro de las aulas el conocimiento se sigue transmitiendo día a día, aún entre el calor, la incertidumbre y las decisiones por venir. Y quizá esa sea la reflexión más importante de todo esto: pase lo que pase, la educación jamás debería dejar de ser el verdadero centro de cualquier discusión.