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Los tres cochinitos y la vivienda adecuada

'Bulevar de Ideas'

El 29 de abril de 2026 se publicó en el Diario Oficial de la Federación una reforma a la Ley de Vivienda que incorpora con mayor claridad el concepto de “vivienda adecuada”. La expresión suena plenamente burocrática y demagógica, pero en realidad toca una de las preguntas más básicas de la vida diaria: ¿qué hace que una casa sea verdaderamente una casa? 
 
Porque no toda construcción con techo merece llamarse hogar. Puede haber paredes, puerta, baño y recibo de luz, y aun así faltar algo esencial. Una vivienda puede existir en el papel, aparecer en una escritura, venderse en un anuncio o presumirse en una maqueta, pero eso no significa que sea adecuada para vivir.
 
Para entenderlo y con pretexto de que ayer fue Día del Niño, hablemos de “Los tres cochinitos”, aquel viejo cuento infantil. Uno construye su casa de paja, otro de madera y otro de ladrillo. Durante años nos contaron la historia como una lección sobre esfuerzo y previsión, ya que el flojo hace su casa rápido, el intermedio se confía y el trabajador se toma el tiempo para hacerla bien. Luego llega el lobo, sopla, derriba las primeras dos casas y fracasa ante la tercera.
 
Aquí una lectura distinta, pues una casa no se mide sólo por existir, sino por resistir.
La casa de paja era vivienda, pero no era adecuada; servía mientras no pasara nada, mientras no hubiera viento, amenaza, frío, lluvia o un lobo soplando. Era una solución rápida, barata y frágil. La casa de madera era un poco mejor, pero tampoco bastaba. La de ladrillo, en cambio, ofrecía algo más que apariencia, pues daba seguridad, estabilidad y protección.
 
Eso es, justamente, lo que la reforma intenta ordenar cuando habla de vivienda adecuada. La ley menciona varios elementos: accesibilidad, adecuación cultural, asequibilidad, disponibilidad de servicios, habitabilidad, seguridad en la tenencia y ubicación. Dicho en tono menos complicado, una casa debe poder usarse dignamente, corresponder a la forma de vida de sus habitantes, no costar tanto que obligue a sacrificar otras necesidades, contar con servicios básicos, proteger de riesgos físicos y climáticos, dar certeza jurídica a quien la ocupa y estar situada en un lugar razonable para la vida cotidiana. No es poca cosa.
 
Hablemos de dos de esas características. La habitabilidad, por ejemplo, significa que la vivienda no sea una trampa de calor, humedad, hacinamiento, goteras, grietas o instalaciones peligrosas; la asequibilidad significa que una vivienda no deje sin comer a la familia, atender una enfermedad, mandar a los hijos a la escuela o vivir sin angustia permanente. 
 
Durante mucho tiempo confundimos vivienda con producto terminado: tantos metros, tantas recámaras, tantos cajones, tanto enganche. Pero la vivienda adecuada exige una pregunta más humana: ¿aquí se puede vivir bien, con seguridad, dignidad y cierta paz?
 
El lobo del cuento no siempre llega soplando. A veces llega en forma de humedad, como recibo impagable, como falta de agua, como desalojo injusto. Al final, la mejor casa no es necesariamente la más grande ni la más vistosa, es la que resiste los soplidos de la vida cotidiana. 
 
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