Libertad de opinión
Esa es la pregunta que hoy se hacen muchos mexicanos ante el tenso caso de los nueve personajes señalados por presuntos delitos relacionados con tráfico de drogas y armas, cuya extradición ha solicitado el Departamento de Justicia de Estados Unidos.
La lista, está encabezada por el mandatario estatal con licencia de Sinaloa, el morenista Rubén Rocha Moya. Le siguen nombres de peso en la política y en la estructura de seguridad sinaloense:
Enrique Inzunza Cázarez, senador y exsecretario general de Gobierno de Sinaloa; Juan de Dios Gámez Mendívil, alcalde de Culiacán que también ya solicitó licencia al cargo; Enrique Díaz Vega, exsecretario de Administración y Finanzas; Dámaso Castro Saavedra, vicefiscal o fiscal adjunto de la Fiscalía de Sinaloa; Marco Antonio Almanza Avilés, exjefe de la Policía de Investigación; Alberto Jorge Contreras Núñez, alias “El Cholo”, también exjefe de la Policía de Investigación; Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública estatal, y José Antonio Dionisio Hipólito, alias “Tornado”, exsubdirector de la Policía Estatal de Sinaloa.
Y aquí viene lo bueno. Planteo tres escenarios posibles para que usted, estimado lector, saque sus propias conclusiones y elija cuál le parece más probable, o menos absurdo, que en estos tiempos ya es ganancia.
Primer escenario.
El gobierno de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, decide hacer una defensa a ultranza de estos personajes ligados a la 4T. En coro, como si estuvieran en mitin de domingo, los morenistas gritan: “¡Moya, no estás solo!”.
La Fiscalía General de la República abre una investigación, revisa, analiza, busca debajo de las piedras y finalmente sale a decir que no encontró absolutamente ningún delito que perseguir. Estados Unidos queda entonces en ridículo mundial por andar acusando sin pruebas, mientras desde Palacio Nacional se invoca la defensa de la soberanía contra “Masiosare”, ese extraño enemigo que, quiere profanar con su planta nuestro suelo.
Resultado: no se extradita a nadie. En la conferencia mañanera se declara que México está listo para resistir cualquier embestida, incluso la comercial, y se cierra el expediente con aplausos, discursos patrióticos y la conveniente dosis de indignación nacionalista.
Segundo escenario.
Estados Unidos aprieta fuerte. No sólo insiste en las extradiciones, sino que amenaza con revelar nombres de personajes de mayor envergadura dentro de Morena. Empiezan a llegar nuevas solicitudes, se endurece la presión diplomática y aparecen medidas que podrían afectar al país en lo económico, lo político y lo social.
De pronto, los primeros nueve “extraditables” comienzan a desfilar, uno por uno, ante la justicia del país vecino. Algunos, al verse solos, sin mañanera que los cobije ni partido que los abrace, descubren una súbita vocación por la cooperación judicial. Y entonces cantan. Cantan como alegres jilgueros, pero con micrófono, abogado y acuerdo de testigo protegido.
Tercer escenario.
México y Estados Unidos negocian. Porque en política, como en la carnicería, siempre hay cortes que se pueden sacrificar y piezas que se guardan para mejor ocasión.
El gobierno mexicano entrega a varios de los extraditables, pero intenta salvar a Rocha Moya. A cambio, se enfría el tema de los presuntos agentes de la CIA que operaban en Chihuahua. Estados Unidos guarda para más adelante nuevas acusaciones y, de paso, deja puesta la mesa para acuerdos comerciales que convengan a ambos países.
Todos pierden un poco, todos ganan algo y todos salen a declarar que fue una victoria diplomática. Ya sabe usted: cuando nadie puede presumir demasiado, se le llama “acuerdo de alto nivel”.
La situación es compleja, difícil y hasta incómoda para pitonisos, adivinadores y analistas de café. Tal vez la respuesta no esté en uno solo de estos escenarios, sino en una mezcla de los tres.
Lo cierto es que, por donde se le busque, no se ve cómo el gobierno de Claudia Sheinbaum ni la llamada Cuarta Transformación puedan salir sin raspaduras. Y cuando el río suena con tanto nombre, tanto cargo y tanta solicitud de extradición, lo menos que puede decirse es que el agua viene turbia.