Porque en estas columnas que escribo cada semana no podía dejar de hablar de aquellos profesores que, en medio de la cotidianidad más vertiginosa, han hecho del trayecto una extensión de su vocación y del tiempo un recurso que se estira hasta límites insospechados. Así es colegas, hoy vengo a poner en alto la figura del maestro taxi, ese docente que convierte el desplazamiento en rutina, el automóvil en refugio efímero y la puntualidad en un acto de resistencia constante.
Hay figuras en el ámbito educativo cuya existencia transcurre en una suerte de invisibilidad cotidiana, no porque carezcan de relevancia, sino porque su dinámica se ha normalizado hasta volverse paisaje, y entre ellas emerge con particular nitidez este profesional que enlaza instituciones como si fuesen estaciones de un mismo destino, que mide las horas en semáforos, en avenidas saturadas, en relojes que parecen avanzar con mayor premura cuando la siguiente clase apremia, y que, pese a la premura, mantiene intacta la responsabilidad de llegar, de estar, de enseñar.
El maestro taxi no solo transita calles, también sortea contingencias, improvisa soluciones y reorganiza su día con una pericia que rara vez se reconoce, porque mientras otros inician su jornada con relativa calma, él ya ha calculado rutas, ha previsto demoras y ha hecho del automóvil un espacio multifuncional donde se desayuna con prisa, se revisan apuntes en los altos y se ensayan mentalmente explicaciones que, minutos después, deberán ser claras, precisas y significativas para sus estudiantes. Esta dinámica no responde a una elección caprichosa, más bien es consecuencia de un sistema que fragmenta las horas laborales y obliga a muchos docentes a dispersarse en distintos centros de trabajo para completar un ingreso “digno”, lo cual convierte cada traslado en una pieza indispensable de su ejercicio profesional.
Resulta paradójico que, en medio de esta vorágine, el maestro taxi conserve la capacidad de presentarse frente a grupo con entereza, como si el cansancio no existiera, como si el trayecto no hubiese dejado huella, porque al cruzar la puerta del aula ocurre una transformación casi imperceptible pero profundamente significativa: el conductor se disuelve y surge el guía, ese que escucha, que orienta, que construye puentes de aprendizaje aun cuando, minutos antes, lidiaba con el tráfico o con la incertidumbre de llegar a tiempo. En ese acto hay una ética silenciosa, una disciplina que no se proclama, pero que se ejerce con una constancia admirable.
Conviene ver las implicaciones de este estilo de vida, porque detrás de la eficiencia aparente se acumulan el desgaste físico, la fatiga mental y, en ocasiones, la sensación de fragmentación personal, ya que el día se convierte en una sucesión de desplazamientos donde el tiempo propio se diluye. La jornada se prolonga más allá de las aulas y se instala en los trayectos, en los intervalos, en esos espacios intermedios que rara vez se consideran trabajo, pero que sostienen, en buena medida, la posibilidad misma de enseñar en distintos escenarios.
Aun así, sería injusto reducir esta figura únicamente a sus dificultades, porque en ella también habita una forma particular de resiliencia, una capacidad de adaptación que habla de compromiso genuino y de una vocación que no se extingue ante la adversidad. El maestro taxi conoce rutas alternas no solo en la ciudad, también en la enseñanza; sabe ajustar tiempos, reorganizar contenidos y encontrar maneras de cumplir con su labor sin renunciar a la calidad, lo cual revela una competencia profesional que va más allá de lo técnico y se instala en el terreno de lo humano.
Quizá ha llegado el momento de nombrar esta realidad con mayor claridad, de reconocer en estos docentes no solo a quienes transitan de un espacio a otro con premura, sino a profesionales que sostienen, en buena medida, el funcionamiento cotidiano de muchas escuelas. Porque mientras se habla de innovación, de metodologías y de reformas, hay quienes, en paralelo, libran una batalla menos visible pero igual de significativa: la de estar presentes en múltiples espacios sin perder el sentido de su labor.
A todos aquellos maestros taxi, cuya jornada se escribe entre avenidas y aulas, entre relojes apremiantes y vocaciones firmes, va mi reconocimiento más profundo y mi admiración más sincera, porque en ese ir y venir cotidiano se encierra una forma de entrega que no siempre se nombra, pero que sostiene con dignidad el oficio de educar, y porque, querámoslo o no, solo ellos conocen el verdadero peso de ese mote que, más que etiqueta, es testimonio vivo de una vocación que no se detiene.