¿Qué es verdad y qué es mentira? Esta es una pregunta que se nos presenta cada vez con mayor frecuencia. La forma en que funcionan las “cámaras de eco”, que regularmente solo replican las ideas, posiciones y entendimientos del grupo o las personas que son afines a nosotros; la estridencia de las redes sociales, que amplifica este fenómeno y pone a unos a favor de algún tema, mientras a otros tantos en contra. Por último, el crecimiento exponencial de la Inteligencia Artificial (IA), que cada día, nos hace más difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso.
Sundar Pichai, CEO de Google y Alphabet, ha expresado preocupaciones profundas sobre los riesgos de la IA generativa. El ejecutivo ha destacado la amenaza de las ultrafalsificaciones, mejor conocidas como “deepfakes”. La capacidad que hoy existe de crear contenido “ultra-realista”, ha sembrado una de las mayores amenazas para la convivencia cotidiana. Desde la desinformación masiva que sesga percepciones, hasta las estafas personales, el desafío es enorme y reclama acciones al respecto.
El cambio tecnológico ha provocado un choque disruptivo en la forma en que funcionan nuestras sociedades. ¿Qué hacer al respecto?
Es evidente que habrá que modificar patrones de comportamiento tanto de forma personal, como de manera colectiva. Habrá que aprender a contrastar y verificar la información a la que tenemos acceso; “no confiar ciegamente”, así como aprender a dudar y ser críticos. Vivimos un nuevo momento, en el que lo humanidad debe desarrollar capacidades para atender y observar los hechos con mayor detenimiento, con mayor profundidad; diferenciar con claridad, entre nuestros propios prejuicios y lo que dicta nuestra intuición. Distinguir entre emociones e ideas preconcebidas, especialmente aquellas que nos han inoculado culturalmente. Adicionalmente, desarrollar empatía para ponerse en el lugar de otros y entender ángulos distintos de una misma realidad.
En este contexto, vale la pena subrayar la responsabilidad tan grande que tiene la política y los líderes que en ella se desenvuelven. Los mandatarios y sus dichos, cobran una especial relevancia, pues del hilo conductor que ellos hagan sobre la realidad, de la narrativa que ellos empleen, en una etapa de transición como la que vivimos, depende mucho la sana convivencia entre las personas.
Precisamente por estas razones, fue y será condenable, la reiterada práctica que tuvo AMLO de negar la realidad y escabullirse mediante frases tramposas como “yo tengo otros datos”. Por ello, fue y serán reprobables, los reiterados ataques a otras naciones como España, con la finalidad de conducir al odio y generar rencor. Por estas causas, fue y será deplorable, haber criticado al pasado y sembrar las bases para hacer lo mismo.
La semana pasada tiene ejemplos claros de estas poco afortunadas prácticas, que deben modificarse, para no mantener esa herencia maldita del anterior inquilino de Palacio Nacional, pues van en sentido contrario de lo que requiere la evolución de la consciencia social y la buena convivencia que tanto necesitamos.
Ante el terrible fallecimiento de dos funcionarios estadounidenses que participaban en actividades encubiertas -para destruir laboratorios de estupefacientes- en Chihuahua, es indispensable que -de una vez por todas- se nos informe de cuales son los acuerdos, en torno a las acciones binacionales en esta materia. No emplear el episodio para el golpeteo preelectoral en aquella entidad, sino para asumir el liderazgo y conducción que esta materia -la más relevante hoy en la relación con la oficina oval- reclama.
Ante los lastimosos hechos ocurridos en Teotihuacán, donde turistas perdieron la vida o sufrieron lesiones, en manos de una persona con alteraciones y problemas psicológicos, señalar con toda contundencia, el gravísimo error que representó, asumir un discurso hostil y violento contra un país hermano. No porque haya indicios directos de que ese discurso lo provocara, sino por el simple hecho de que los discursos violentos, siembran violencia en las masas.
Por último, ante decisiones como la propuesta de poner al frente del liderazgo nacional de Morena, a la secretaria del Bienestar, explicar con toda claridad ¿cómo se va a evitar que se usen los programas sociales con fines electorales? De no poder hacerlo, desistir de una práctica que asemejaría lo más corrupto y traidor a la democracia, que significaron las prácticas clientelares de otros gobiernos.
Sheinbaum tiene la oportunidad de ejercer un nuevo tipo de liderazgo. Esperemos se deshaga de esa triste y distorsionada herencia que le dejó AMLO.