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La ciudad como parque temático del exceso

'Bulevar de Ideas'

Pocas obras de la cultura popular han entendido la ciudad contemporánea tan bien como el videojuego Grand Theft Auto. Desde 1997, la saga ha convertido urbes ficticias como Liberty City, Vice City y Los Santos en escenarios donde el crimen, el dinero, la velocidad, la publicidad, la ambición y el espectáculo se mezclan hasta formar una caricatura feroz de la vida urbana moderna. No es casualidad que la serie se haya vuelto una de las franquicias más influyentes y discutidas del mundo del entretenimiento digital; detrás de su fama escandalosa hay una intuición muy precisa sobre lo que muchas ciudades son, o al menos sueñan con ser. 
 
El error más común al mirar Grand Theft Auto es creer que se trata solo de violencia, provocación o incorrección. Desde luego, todo eso ahí está pero sería una lectura superficial. Lo que la saga ofrece, en el fondo, es una teoría vulgar, satírica y sorprendentemente eficaz de la ciudad contemporánea. 
 
En sus mapas no encontramos simplemente calles, coches y misiones, encontramos una lógica urbana. El automóvil no es solo medio de transporte, sino símbolo de poder; el dinero no es instrumento, sino gramática moral; el espacio público no es lugar de convivencia, sino escaparate, mercado, territorio en disputa o pasarela de estatus.
 
Eso explica por qué Grand Theft Auto resulta tan atractivo entre más se le observa como representación de lo urbano. Sus ciudades no están hechas para ser habitadas tranquilamente, más bien están diseñadas para circular, consumir, competir, huir, exhibirse, conquistar. En ellas, casi nadie parece vivir de verdad: todos persiguen algo. La ciudad deja entonces de ser comunidad y se convierte en experiencia. Ya no importa tanto pertenecer a ella como aprovecharla, sobrevivirla o explotarla.
 
Porque la ciudad contemporánea ha aprendido a venderse como si fuera un parque temático. No me refiero solo a Las Vegas, Miami o Dubái, donde esta tendencia parece obvia, hablo también de ciudades medianas y centros históricos que descubrieron que podían convertirse en producto, en destino gastronómico, corredor turístico, distrito creativo, polo de inversión, zona premium, barrio de moda. Se rediseñan para ser fotografiadas, consumidas y narradas; se les pule la superficie, se les inventa una marca, se les asigna una emoción. El lenguaje urbano se parece cada vez más al de la publicidad, poblado de expresiones como “experiencia”, “estilo de vida”, “exclusividad”, “vibra”, “revitalización”, “plusvalía”.
 
Quizá la pregunta importante no sea por qué nos atrae tanto Grand Theft Auto, sino por qué nos resulta tan familiar. Tal vez porque hace tiempo que muchas ciudades dejaron de querer ser simplemente habitables, quieren ser visibles, excitantes, rentables, deseables. Quieren producir atención, parecer más intensas de lo que son. Y cuando una ciudad empieza a preferir ser consumida antes que habitada, ya ha dado el primer paso para convertirse en eso que Grand Theft Auto entendió hace mucho: un parque temático del exceso.
 
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