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Hay cosas que no deben olvidarse

Realidades sin timbre ni recreo.

Permítaseme, lector, adoptar una voz inusitada —acaso heterodoxa— para esta columna, pues no seré yo quien reflexione de manera directa sobre este tema, sino un viejo habitante del aula, un testigo silente que ha pasado de ser protagonista a convertirse en ornamento; soy, en efecto, un diccionario de papel, de hojas ligeramente amarillentas y lomo fatigado, y desde este rincón del estante, observo perplejo y estupefacto cómo mi presencia se diluye en un mundo donde la prisa parece haber sustituido a la comprensión.
 
He de platicarles que hubo un tiempo (no tan remoto como algunos quisieran creer) en que mis páginas eran frecuentadas con asiduidad, cuando las manos inquietas de los estudiantes me abrían con curiosidad y los docentes me hacían creer que era su mejor amigo, y en ese entonces yo no era un objeto decorativo, sino un instrumento vivo, un puente entre la ignorancia y el conocimiento; recuerdo, por ejemplo, cómo los educandos no solo buscaban en mí palabras por obligación, sino que incluso jugaban conmigo, abrían una de mis páginas al azar, colocaban el dedo sobre cualquier término y lo leían en voz alta para descubrir significados inesperados, para posteriormente inventar con ellos historias que desafiaban su ingenio. También en ocasiones competían entre ellos para encontrar primero una palabra determinada, o se desafiaban a construir frases con vocablos desconocidos que surgían de esas búsquedas fortuitas. Aquellos gestos lúdicos, que hoy podrían parecer ingenuos ejercicios de descubrimiento lingüístico, significaban para mí algo más que una simple curiosidad genuina.
 
No obstante, algo ha cambiado y aunque mi esencia permanece ahí, mi uso se ha desvanecido de manera paulatina, casi imperceptible; ahora, cuando un estudiante se enfrenta a un vocablo desconocido, rara vez me busca, y en su lugar recurre a diccionarios electrónicos; aclaro muy seriamente y de manera puntual que no estoy en contra de ellos, pues pertenecemos a la misma estirpe y sería absurdo negar su utilidad en un mundo que demanda inmediatez y precisión. Sin embargo, considero igualmente necesario conservarme y utilizarme, no solo como un respaldo cuando la tecnología falla o no está disponible, sino como una herramienta formativa que invita a la exploración pausada del lenguaje, al descubrimiento consciente de las palabras y a una relación más reflexiva con el conocimiento.
 
Debo confesar, con cierta ilusión, que cada inicio de ciclo escolar renace en mí una alegría silenciosa porque escucho mi nombre en la lista de útiles escolares y eso me hace pensar que volveré a ser útil, que alguien me abrirá, que mis páginas volverán a tener sentido en las manos de un estudiante; me acomodo entonces en las mochilas, comparto espacio con cuadernos y lápices, y durante algunos días incluso siento que pertenezco a la rutina escolar, pero conforme avanzan las semanas descubro que permanezco intacto, que viajo de la casa a la escuela y de la escuela a la casa sin que nadie me consulte, como si mi presencia fuese un requisito cumplido y no una herramienta viva.
 
Observo también, desde ese encierro de tela y libros, que los profesores que solicitaron mi presencia al inicio del ciclo rara vez me invocan en sus clases, como si mi inclusión en la lista hubiese sido más un gesto automático que una decisión pedagógica consciente, y así voy comprendiendo que no basta con estar presente, que no es suficiente ocupar un lugar físico en el aula o en la mochila, porque mi verdadera función depende de una mediación que me convoque, que me haga visible, que me lea, que me integre en el proceso de aprendizaje y no me deje relegado a un papel meramente simbólico.
 
Y en medio de todo eso hay en mí una paradoja que no logro entender: si a veces soy entregado en paquetes escolares gratuitos, si me pueden adquirir una sola vez y soy útil durante toda la vida, si sirvo a todo docente de cualquier disciplina e incluso me presento en todas formas, colores y tamaños, ¿por qué aun así quedo en el olvido? Admito mis limitaciones; sé que muchas veces en mis páginas habitan arcaísmos que ya no resuenan en la conversación cotidiana y, en ocasiones, carezco de los neologismos que irrumpen con la velocidad de la era digital, pero también resguardo la historia viva del idioma, sus matices, sus raíces, su precisión y hasta banderas del mundo decoran mi interior. 
 
Y, ahora bien, regresando a la realidad y dejando de dar voz a ese lexicón, quiero que reflexionemos juntos, colegas: ¿realmente volveremos a usarlo o seguirá siendo únicamente un elemento más en la lista de útiles?, porque no se trata de elegir entre lo tradicional y lo moderno, antes bien, conviene reconocer que en aquello que perdura también se resguarda el aprendizaje; y es que, como menciona aquel personaje cuyo nombre verdadero pocos conocen. Alonso Quijano: un caballero andante que parecía desfasado en su tiempo, pero no en su lucidez y creado por quien es considerado uno de los grandes escritores del mundo, Miguel de Cervantes Saavedra, así es, estoy hablando de Don Quijote de la Mancha, el cual en algún pasaje de sus múltiples aventuras alguna vez dijo que existen saberes que, a la manera de antiguos caminos, no envejecen, dado que continúan instruyendo a quien decide transitarlos. Y es de este modo colegas, que el diccionario de papel, aun cuando pueda parecer superado, sigue ofreciendo rutas valiosas para la construcción del pensamiento. La cuestión, en última instancia, no radica en la vigencia de este, sino en nuestra disposición, como docentes, para preservar prácticas que fomenten la reflexión profunda, o bien, permitir que se diluyan progresivamente bajo el peso de la inmediatez.
 
Para seguir conociendo más sobre este tema los invito a acercarse a las obras de Manuel Alvar Ezquerra, ya que en muchos de sus textos se nota que concibe el lenguaje como un todo lleno de significado; además, él mismo señala que el diccionario no es solo un conjunto de palabras, sino también un reflejo de la cultura de quienes las usan.
 
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