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HOMILÍA: Hay que quitar la venda de los ojos

Los prejuicios, tanto como los afectos, al ser  mal orientados, nos impiden ver, y aceptar la realidad.
 
Decía Husserl, que,alinterpretar la existencia, estamos influenciadospor la experiencia personal, que nos ha tocado vivir.
 
Por desgracia, hay velos que cubren nuestros ojos, y no nosdejanver lo bueno que hay alrededor.
 
Así, pasó con los discípulos de Emaús. Dice el Evangelio: “Mientras conversabany discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron”. (Lc.24).
 
Hay que quitarsela venda de los ojos, para no permanecer a ciegas. Y, que ese velo, nosea un impedimento para sentir a Dios, que hoycamina a nuestro lado.
 
Es necesario atender al  corazón. Porque este, nunca se equivoca.
 
Decían los de Emaús: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”. ( Lc.24).
 
El corazón de los discípulos, con ese ardor, les estaba  indicando, que Dioscaminaba de su lado; pero, ellos vivían ignorando,el sentir de su corazón.
 
Dijo el autor del principito, que: “Solo se ve bien con el corazón”. (Saint -Exupery).
 
Mirar con el corazón, es ver hacia lo más profundo del otro;  y, hacia lo más profundo de nosotros mismos. 
 
Pero, son pocos los que escuchan el latir delcorazón, y prefieren ignorarlo.
 
El corazón, también tiene sus razones. Así lo afirmó, el matemático, Pascal.
 
Y, “Así, lo más profundo en nosotros sigue sin ser explorado. Si es verdad que sólo se ve bien con el corazón, ¡qué ciegos estamos todos!”. (H. de Lubac).
 
Cristo, es el único que nos puede quitar la venda de los ojos, para que volvamos a ver el mundo de mejor manera.
 
Hay que pedir al Señor, que nos lleve hacia la luz, para recuperar el sentido de la existencia.
 
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
 
 
Evangelio
Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
 
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
 
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 
 
Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
 
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
 
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
 
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
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