En 1907, el químico belga Leo Baekeland mezcló fenol con formaldehído en su laboratorio de Nueva York y obtuvo una pasta dura, brillante, infinitamente moldeable, indeformable, ligera, resistente al calor, la electricidad y los agentes químicos... y barata. Era la baquelita, el primer plástico; sirvió primero para fabricar ceniceros, enchufes, carcasas de teléfono; luego, todo lo demás. Prácticamente no existe ninguna materia natural que no tenga ya su versión plástica. Lo que Baekeland no podía imaginar es que, poco más de un siglo después, su invento estaría dentro de nosotros. Literalmente.
Desde los años 50, la población mundial se ha triplicado, pero la producción de plásticos se ha multiplicado por doscientos. Hemos llenado el planeta de un material cuya bendición ha resultado ser su maldición: no se destruye. Se rompe, se desgasta, se fragmenta en trozos cada vez más minúsculos, pero jamás desaparece. El reciclaje del plástico ha resultado ser un fiasco comparado con el del vidrio o el metal. A diferencia de estos, el plástico se degrada con cada ciclo de reciclaje; no desaparece, pero pierde propiedades y sirve para fabricar menos cosas a un coste cada vez mayor. Más del 80% del plástico acumulado ha terminado en vertidos controlados e incontrolados. Cada cenicero de baquelita de los años 20 sigue existiendo entre nosotros, atomizado en millones de fragmentos de microplásticos —menos de 5 mm— y de nanoplásticos —por debajo de una milésima de mm—.
Las alarmas saltaron a partir de los años 70 del siglo pasado, cuando empezamos a encontrar enormes cantidades de plásticos degradados en el agua de los océanos, los estómagos de las tortugas marinas o los mejillones de las bateas. Desde entonces, los hemos hallado donde los hemos buscado, incluido el interior de las casas, el aire que respiramos, el agua que bebemos y la comida que comemos. Las fuentes de microplásticos son infinitas: el suelo de melamina, la pintura plástica de las paredes, el revestimiento interno de la lata de refresco, las bolsitas de té —que a 95 grados sueltan miles de millones de nanopartículas en una sola taza—.
Hace años que los neumáticos ya no son solo de caucho, sino un composite con elastómeros sintéticos y aditivos plásticos. ¿Dónde crees que va a parar el material del desgaste de todos los neumáticos del mundo? El 60% de los textiles del mundo son plástico —poliéster, acrílico, nailon—; la industria textil vierte miles de toneladas de micro y nanoplásticos. El asunto se repite en miniatura en cada casa; cada ciclo de lavadora suelta miles de microfibras plásticas al desagüe que escapan a las depuradoras y acaban en ríos, en el mar, en los lodos que se usan como fertilizante agrícola y, desde ahí, de vuelta a la cadena alimentaria y al ciclo del agua. El aire interior de una vivienda contiene unas 500 partículas de microplástico por metro cúbico; dentro de un coche, la cifra se multiplica por cuatro. Hace décadas que cambió la composición del polvo de las casas sin que nadie se diera cuenta. En casa de mi abuelo el polvo era materia orgánica, en la mía es plástico.
Y ya no es el mar, las tortugas, los ríos o el aire, somos nosotros. Un famoso estudio de la Universidad de Newcastle estimó que una persona ingería cada semana el plástico equivalente a una tarjeta de crédito. Nuestro organismo carece de herramientas para procesar esas moléculas que jamás estuvieron presentes en la naturaleza. No sabemos metabolizarlas, degradarlas ni excretarlas; las almacenamos. Encontramos microplásticos en la mayor parte de las muestras de sangre humana, placenta, leche materna, pulmón, hígado, riñones, testículos o cerebro. Hace apenas unos días descubrimos que la bilis humana actúa como reservorio oculto de estas partículas.
Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá la plastificación de nuestros tejidos, pero, en un sonado estudio de 2024, un grupo italiano analizó las placas de aterosclerosis de 257 pacientes operados de las arterias carótidas. Encontraron polietileno incrustado en la pared de las arterias en más de la mitad de los casos: los pacientes que tenían plástico en sus arterias sufrieron 4,5 veces más infartos, ictus o muertes por cualquier causa en los tres años siguientes.
¿Y qué hacemos? La verdad es que, a nivel individual, muy poco. Puedes beber agua del grifo en vez de embotellada, no calentar comida en recipientes de plástico, usar envases de vidrio o acero. Es el chocolate del loro, porque los plásticos microscópicos llegan por todos lados y no puedes dejar de respirar, beber y comer. El problema es sistémico y la solución también debería serlo. La Unión Europea restringió en 2023 los microplásticos añadidos intencionalmente a cosméticos y detergentes. Es un paso, pero el tratado global de plásticos que se negocia bajo Naciones Unidas no ha conseguido aún un acuerdo vinculante.
Los microplásticos son la nueva contaminación ambiental, van a acompañarnos durante generaciones, nos guste o no. Lo que queda por determinar —y la ciencia trabaja a marchas forzadas en ello— es exactamente cuánto daño hacen por el camino y cómo lo podemos limitar. Pero si algo sabemos ya es que la era del plástico ha dejado de ser solo un capítulo de la historia industrial para convertirse en un capítulo de la historia de la medicina.