Frente a un féretro se abre inmensa la incógnita más misteriosa que puede existir, ¿Qué sigue? ¿Nos volveremos a encontrar? ¿En dónde voy a buscarte? ¿Qué sucederá conmigo, con nosotros, los que nos quedamos, sin tu presencia física? El dolor profundo de la sentencia de un silencio estridente que vendrá inevitablemente, arde en el pecho y un vacío se instala para tal vez consolarnos con la única certeza que realmente tenemos, que es nuestra propia finitud física. Y allí estamos, mirando a nuestro ser amado volver a la tierra, asustados, tristes, a veces desconsolados. Porque esa persona se lleva pedacitos de futuro que se vuelven imposibles.
Se lleva arquetipos, significados, recuerdos, complicidades, intimidad, pero sobre todo la posibilidad del amor encarnado. Porque es seguro que ese amor fue, es y será, porque ya llena todo nuestro ser, pero ya no en esta forma física y eso nos duele, a todos los seres sintientes de este planeta, nos desgarra. Si hacemos un viaje macro-cósmico, podríamos imaginar que somos tan, pero tan pequeñitos(as), partículas nimias que aparecen y desaparecen en un planeta también minúsculo, pero lo que es impresionante, es como en estos seres vulnerables y tan pequeños, como una partícula de polvo en un universo infinito de estrellas gigantes, cabe tanto, tanto, tantísimo amor.
Un amor que es del tamaño del todo. En estas pequeñas, ínfimas expresiones encarnadas, cabe el amor universal, un sentimiento, una energía sumamente poderosa hacia otra partícula igual. Y es allí en dónde podemos darnos cuenta de que la desesperación que se siente ante el fallecimiento de un ser amado de cualquier especie, es la incomunicación. El contacto, el tacto, el olor, poder ver su sonrisa, recibir y dar energía de pronto se corta, al menos, aparentemente.
Existen infinidad de tratados sobre la muerte, filosóficos, espirituales, teológicos y prácticas tanatológicas de diversas índoles, pero cuando estamos de pie frente al féretro, todo eso mental, intelectual e incluso espiritual, queda corto, no alcanza, porque a pesar de que hay gente que ha experimentado la muerte por un momento y regresado, asegurando que la sensación es hermosa, no hay palabras que alcancen a ayudar al ser que ha tejido su corazón al corazón de quien se ha ido. “No hay palabras” decimos a veces certeramente. Definitivamente algo se rompe.
Y sí, podemos resignificar, seguir adelante, honrar a nuestra gente viviendo en adelante una vida plena, que es lo que seguramente ellos desean para nosotros(as), saber que estaremos bien, que vamos a cuidarnos a nosotros(as) mismos(as) a amarnos y llevar una buena vida, pero, aun así, aunque vivamos un día a la vez, con ese vacío y yendo hacia adelante, la incógnita queda, la desazón y la falta.
Porque es verdad que somos insustituibles. Somos pequeñitos(as) pero únicos(as) Y cuando alguien se va del reino de lo tangible, el mundo entero se modifica. Ante el féretro todos los conflictos y peripecias del ego se disuelven también ante la inmensidad del misterio. Y es que cada conexión, cada vínculo es completamente único.
La química, la complicidad, las creaciones, la gratitud que podemos llegar a compartir con cada persona, tiene un sabor distinto, por ende, despedirnos, por ejemplo, de un(a) amigo(a) que siempre fue leal, que fue un lugar seguro, que nos hizo seguir con fe, gratitud y confianza en el mundo, es sumamente difícil, porque sentimos que no hay otra persona que nos comprenda de la misma manera que Él o Ella quien yace en el ataúd.
Sé que no es agradable hablar de la muerte, es un tema tan incómodo, pero absolutamente necesario para la vida realmente conciente. Y miras la caja fúnebre y te desfilan en la mente todos los recuerdos con esa persona. ¿Qué voy a hacer sin ti? Porque no me veo sin tu presencia. Una parte de mí está tan unida a tu Ser, que me cuesta aceptar que ya no estarás.
Y a pesar de que cuando hemos perdido a alguien, a veces después de los años y en ocasiones muchos, pensamos en esa persona amada y podemos llegar a sentir que fue el día anterior cuando recibimos su abrazo, solamente queda en lo profundo del corazón una esperanza muy dulce, la de volver a estar en la completa presencia de esa alma y seguir amándonos otra vez muy de cerca, en ese otro plano tan misterioso.
Y es eso lo que tal vez, nos empuja hacia la vida, a seguir el tiempo que nos queda aquí, la promesa, la fe o la certeza de que seguimos tejidos eternamente en la unicidad y un buen día, nos volveremos a abrazar de alguna forma etérea y luminosa. Y entonces, una parte inevitable en esta vida es experimentar el profundo dolor del desprendimiento.
Un dolor agudo y estridente que nos sacude la existencia entera y nos recuerda que somos capaces de amar tan profundamente, tan divinamente, que a pesar de que los ojos del cuerpo ya no puedan mirar a ese ser, los ojos del Alma le contemplarán eternamente, tal vez, en un hermoso lugar en dónde la pérdida es imposible. Que la luz infinita ilumine cada uno de nuestros duelos, dulcemente, muy dulcemente.
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta.
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.