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El poder político esta en el algoritmo

Opinión

Hubo un tiempo -aunque muchos políticos no se han dado cuenta de que ya es parte del pasado- que se ganaba elecciones  con voz firme, determinación y pose en el escenario o en el templete del mítin. El discurso lo era todo: convencer, emocionar y movilizar.

Todo eso ya es cosa del pasado. Para ganar el juego ya no esta en lo que se dice, sino en a quién le aparece lo que se dice, en qué momento y bajo qué condiciones, y esto, no lo controla el político ni su equipo sino el algoritmo. Muchos políticos siguen obsesionados con dar el “mensaje correcto”, sin considerar que hay algo silencioso que decide si ese mensaje se ve, se lee o se escucha; ese algo se trata de una arquitectura digital diseñada para priorizar atención, interacción y permanencia, en otras palabras, que decide qué importa y qué no.

Hoy, un candidato puede rodearse del mejor redactor de discurso de campaña pero no le será suficiente para ganar elecciones, no por falta de conexión sino por fallas en su distribución, porque no fue optimizado, no fue segmentado, no fue amplificado. Y en contra parte, puede haber un candidato con peor imagen o discurso carente de fondo que puede dominar la conversación publica simplemente porque entendió algo clave: la batalla ya no es por el mensaje, es por su visibilidad. Y aquí entra la Inteligencia Artificial no como una promesa o herramienta futurista sino como operador silencioso de una campaña.

¿Cómo funciona la IA? Analiza emociones, detecta tendencias, anticipa comportamientos y construye mensajes para públicos distintos; puede construír un mensaje para una madre de familia de una colonia especifica y algo complemente diferente a un joven en otra zona, todo en tiempo real. Ya no se trata de comunicación política sino de estrategia de precisión del mensaje y más considerando que el algoritmo no solo distribuye contenido sino que selecciona con un criterio.  Esto en política, se traduce en poder. 

Los gobiernos que entiendan este funcionamiento no solo van a comunicar mejor, sino que van a gobernar con ventaja, pero también, como en casi todo,  esta la parte negativa o desventaja: ese mismo sistema de acercamiento de un gobierno con la gente puede distorsionar esa relación, puede polarizar discursos, amplificar mentiras o esconder verdades. Y aquí cabe la pregunta: ¿Y la ética en gobierno y en política? La respuesta es sencilla: el algoritmo no tiene ética, tiene objetivos.

Pero la pregunta clave es: ¿quién va a entender las reglas del nuevo juego? ¿Quién?

El político que siga creyendo que el poder esta en los mítines, en los eventos multitudinarios, pararse y hablar ante los simpatizantes o acarreados… llegó tarde a la nueva forma de hacer política y ya perdió. Mientras que el que entienda el algoritmo, no solo va a comunicar mejor sino que va a gobernar la conversación.

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