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El tablero invisible: periodistas, peones ¿o caballos de Troya?

Tablero político

En la antesala de las elecciones de 2027, la política en San Luis Potosí no se juega en plazas públicas ni en oficinas de gobierno. Se juega en un tablero mucho más sutil, el de la percepción. Y ahí, los periodistas no somos simples espectadores; somos piezas en movimiento.

Pero no cualquier pieza.

A veces peones, a veces alfiles y en más de una ocasión, el incómodo —pero decisivo— caballo de Troya.

Porque mientras los candidatos afinan discursos, inauguran obras o desempolvan proyectos para seducir al electorado, hay una verdad que se dice poco y se entiende menos, -el poder no solo se construye con acciones, sino con narrativas. Y esas narrativas tienen intermediarios.-

Ahí entramos nosotros.

Los medios de comunicación y los periodistas operamos como ese filtro que decide qué entra al tablero y qué se queda fuera. No es casualidad, ni conspiración; -es teoría.-La llamada agenda-setting, planteada por McCombs y Shaw, deja claro que los medios no le dicen a la gente qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Y en política, eso es medio triunfo.

Porque quien domina la conversación, domina la partida.

A esto se suma el framing, el encuadre. No basta con informar que un candidato hizo una obra, se trata de cómo se cuenta. ¿Es un logro? ¿Un acto desesperado? ¿Una estrategia electoral? La misma jugada puede leerse como jaque o como error, dependiendo del lente con el que se mire.

Y luego está el gatekeeping, ese control casi invisible donde el periodista decide qué historia vale la pena contarse y cuál no. Porque el silencio también comunica. Lo que no se publica, también juega.

Así, pieza por pieza, se construye una narrativa que puede catapultar o sepultar aspiraciones políticas.

¿Eso es manipulación? No necesariamente. Es dinámica del juego.

Porque hay algo que incomoda admitir, el periodista también forma parte del tablero político. No como operador oscuro, sino como actor inevitable. Tener línea editorial no es un pecado; es una condición inherente al ejercicio periodístico. Y más aún en una columna de opinión, donde el análisis, la postura y hasta la inclinación son válidas.

Apoyar, cuestionar, resaltar o criticar a un candidato no es perder la ética. Es ejercerla desde una trinchera definida. Quien diga lo contrario, o no entiende el juego o pretende ocultar que también lo juega.

Y aquí es donde la partida se torna más turbia.

Porque lo verdaderamente cuestionable no es que un periodista tenga postura, sino que pretenda descalificar a otro por tenerla. Ese doble discurso —tan común como incómodo— es el verdadero acto de simulación.

Criticar a un colega por “estar alineado” mientras se opera desde una línea editorial igual de evidente no es ética: es hipocresía.

Peor aún cuando esa crítica viene acompañada de silencios selectivos. Porque si se presume imparcialidad, entonces se debe cuestionar a todos por igual. No solo al adversario conveniente.

Y en este tablero potosino ya hay quienes juegan a eso, señalar con una mano mientras con la otra protegen intereses, personajes y hasta conductas que, en otro contexto, serían motivo de escándalo. Voces que se erigen como jueces de la ética periodística, pero que caminan del lado de quienes arrastran señalamientos graves, incluso en temas tan delicados como la equidad de género.

Ahí sí, el problema no es la línea editorial.

Es la incongruencia.

Porque al final, conviene decirlo sin rodeos, los periodistas no somos enemigos entre nosotros. No debería ser una guerra interna. Somos trabajadores de la información, sí, pero también sobrevivientes de un sistema donde la “nota” y la “papa” muchas veces van de la mano.

Y en ese contexto, cada quien juega su pieza.

Unos como peones disciplinados. Otros como alfiles estratégicos. Y algunos —los más incómodos— como caballos de Troya, capaces de cambiar el rumbo de la partida desde dentro.

De cara al 2027, el tablero ya está puesto. Los políticos moverán sus fichas, pero no ganará necesariamente quien haga más, sino quien logre que se hable mejor de lo que hace o peor de lo que hace el otro.

Y en ese juego, nos guste o no, la pluma también es poder.

La diferencia está en saber usarla sin disfrazar lo que realmente es, una pieza más en esta compleja partida donde la verdad, la narrativa y el interés siempre están en disputa.

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