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Reencuentro urbano

'Bulevar de Ideas'

Este abril, las carteleras de los cines prometen novedades que en realidad son reencuentros. El Diablo Viste a la Moda 2, un nuevo Spider-Man y Supergirl: Woman of Tomorrow entran a escena y la gente compra boleto no tanto para descubrir como para reencontrarse con personajes ya conocidos. Las salas cinematográficas se llenaran de personas que van a que les cuenten, con mejor luz y nuevos rostros, una historia que en el fondo ya conocen. Con las ciudades pasa exactamente lo mismo.
 
Nos gusta creer que la ciudad cambia, que se renueva, que se reinventa; sin embargo la verdad es menos espectacular y mucho más interesante, pues las ciudades en realidad casi nunca estrenan, más bien se reescriben, se corrigen, se maquillan, se reciclan, se disfrazan. Son una larga cadena de secuelas. 
 
Ningún barrio comienza en cero, ninguna esquina nace de la nada; todo lugar importante ya fue antes otra cosa y, casi siempre, varias cosas a la vez. La ciudad no es una obra inédita sino una versión corregida y ¿por qué no? aumentada.
 
El cine de hace treinta años ahora es un estacionamiento o una farmacia; la vieja fábrica ahora presume oficinas para profesionistas jóvenes que creen haber descubierto la autenticidad y lo novedosa en añosas construcciones; la plaza donde antes se compraba el periódico y se conversaba ahora vende café con nombre italiano, pan artesanal y una vaga sensación cosmopolita.
 
Una ciudad no se define por lo que inaugura, sino por lo que decide conservar mientras cambia. Nos gustan las segundas partes porque nos ahorran el esfuerzo de comenzar desde cero. 
 
La secuela ofrece una comodidad que la obra original no puede dar, pues ya sabemos el tono, intuimos el conflicto, reconocemos a los personajes. La aparente novedad llega suavizada por la familiaridad. En la ciudad funciona con la misma lógica, ya que preferimos el barrio “rehabilitado” al territorio desconocido o el edificio reciclado al solar vacío pues la familiaridad tranquiliza, nos permite sentir que el mundo no fue inaugurado esta misma mañana.
 
La sensación de que no todo fue demolido sino que algo logró pasar de una época a otra sin ser completamente sacrificado es una forma de consuelo urbano.
 
Una ciudad sin memoria puede ser vistosa y llamativa, pero rara vez resulta habitable en sentido profundo. Se vuelve escenografía con luces y brillo, pero no argumento. La memoria urbana nos permite entender por qué cierta esquina importa, por qué cierta banca merece quedarse, por qué cierta fachada no debería desaparecer como si nunca hubiera existido. La memoria convierte un punto del mapa en un lugar y lo demás es utilería.
 
Por eso habría que desconfiar de las ciudades que se comportan como franquicias, con las mismas fórmulas, mismos acabados, mismos cafés, mismos edificios que podrían estar aquí o en cualquier otra parte. Una ciudad bien contada no necesita efectos especiales, necesita que alguien recuerde, para romper aquello de que segundas partes nunca fueron buenas.
 
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