Opinión
Existe una creencia reduccionista que sitúa a la cocina exclusivamente en el orden de lo manual, de la repetición técnica o de la herencia puramente oral. Sin embargo, en la escena cultural contemporánea es cada vez más evidente que la cocina también se lee. Hoy, el acto alimentario ha desbordado la cacerola para convertirse en un campo de batalla intelectual: se escribe, se investiga y, sobre todo, se interpreta como un texto social complejo que exige ser descifrado.
En los últimos años el mercado editorial ha experimentado un giro fascinante. Ha crecido significativamente la publicación de obras que ya no buscan enseñarnos a "hacer un mole", sino a entender por qué ese mole nos define. Estamos ante una cartografía de la cultura alimentaria que se aborda desde aristas críticas: la memoria como archivo, el territorio como identidad, el cuerpo como receptor de placer y dolor, y el lenguaje como la estructura que lo sostiene todo.
Lejos de la rigidez de los recetarios tradicionales —esos manuales de instrucciones que a menudo ignoran el contexto—, las nuevas voces proponen una aproximación fenomenológica. Obras como Comer en primera persona nos sitúan en la experiencia cruda y subjetiva de quien habita el acto de ingerir; Mejor oler a mar desplaza la mirada del plato hacia la sinestesia del paisaje; mientras que Botanas ausentes construye una narrativa potente donde la carencia y el vacío se vuelven, paradójicamente, el ingrediente principal. Estas propuestas confirman que la cocina no es un accesorio de la cultura, sino su núcleo duro de reflexión.
En este panorama, mi reciente participación en la 50 Feria Nacional del Libro de la UASLP para presentar Cuchara y memoria 2 de Benito Taibo resultó una experiencia reveladora para el contexto. El libro de Taibo funciona como un puente perfecto entre la teoría y el afecto, pero sin caer en la complacencia. No es un recetario, es un artefacto donde todo se está cocinando: la memoria personal, la literatura y las referencias bibliográficas.
Aquí es donde la teoría se vuelve carne y el plato se convierte en un archivo vivo. Pensemos, por ejemplo, en el vaho de una sopa de fideos Para la antropología, este vapor es un rastro de técnica; para la semiótica, es un signo de protección. Pero en la narrativa de Taibo, ese aroma funciona como un dispositivo mnemotécnico: una pieza de hardware emocional que activa archivos de datos que creíamos perdidos. Al olerla, no solo recuperamos un sabor, sino una cronología entera de afectos y ausencias. Escribir sobre comida es, en última instancia, una forma de realizar una excavación arqueológica en nuestra propia existencia; es una sintaxis para nombrar lo que sobrevive al paso del tiempo.
Debemos entender que la cocina es, ante todo, un lenguaje. Es un sistema de signos donde se inscriben las tensiones de las historias familiares, los procesos de transformación urbana y las cicatrices de nuestro entorno natural. Leer sobre cocina en San Luis Potosí implica reconocer esos códigos: entender de dónde vienen los insumos, quiénes mantienen viva la tradición en los mercados locales y cómo esos sabores se resignifican en una mesa que busca desesperadamente no olvidar.
Acercarse a estos textos hoy no es un ejercicio de diletantes ni un capricho estético. Es una provocación a la curiosidad, ese motor que nos impide conformarnos con el sabor inmediato. No leemos para cerrar capítulos sobre nuestra identidad, sino para abrir interrogantes que nos obliguen a seguir habitando la mesa con los ojos abiertos.
Al final, la cocina no es un museo de certezas, sino un laboratorio de preguntas perpetuas. En cada página y en cada bocado, lo que realmente buscamos es el siguiente misterio por descifrar.
María Cecilia Padrón Quijano