San Luis Potosí, SLP.- En la comunidad de Contreras, en el municipio de Mexquitic de Carmona, el Domingo de Ramos no inició con palmas en alto ni con el ambiente festivo que suele marcar el arranque de la Semana Santa. Esta vez, la procesión condujo a los fieles hacia un templo herido, donde aún pesan el eco de la tragedia y la ausencia de quienes no regresaron.
Ahí, entre muros agrietados y recuerdos recientes, el arzobispo de San Luis Potosí, Jorge Alberto Cavazos Arizpe, ofició la ceremonia religiosa no sólo como un acto litúrgico, sino como un gesto de duelo colectivo. La misa se convirtió en un espacio para nombrar el dolor, para llorar a las tres personas que perdieron la vida y para pedir por quienes aún se recuperan de las heridas que dejó la explosión ocurrida durante las fiestas patronales de San José.
Más que una celebración, fue un momento de recogimiento. Las oraciones se dirigieron a las “almas perdidas”, a quienes -expresó el jerarca- Dios acompaña primero en el sufrimiento. En ese contexto, la fe se planteó como refugio, pero también como cuestionamiento.
El mensaje no pasó desapercibido. En medio de la tragedia, el arzobispo lanzó una crítica directa a una práctica arraigada en muchas festividades religiosas, el uso de pirotecnia. Señaló que el estruendo de los cohetes difícilmente puede compararse con el valor de un acto de caridad, una oración sincera o incluso un perdón. En su llamado, dejó ver que la devoción no debería medirse en pólvora.
La explosión del pasado 19 de marzo no solo dejó víctimas mortales y más de una decena de lesionados, sino también una comunidad fracturada que ahora enfrenta la reconstrucción, tanto material como emocional. Parte del templo colapsó, pero también se derrumbó la idea de que la tradición, sin límites, es inofensiva.
Cavazos Arizpe insistió en la necesidad de replantear estas prácticas, pidió moderación, permisos adecuados y protocolos de seguridad en celebraciones donde se utilicen explosivos. Pero fue más allá, al señalar que el verdadero reto no está solo en regular, sino en cambiar la manera en que se vive la fe.
Mientras tanto, en Contreras, la iglesia permanece en pie, aunque marcada. Y en su interior, entre rezos y lágrimas, la comunidad intenta reconstruirse, no con estruendos, sino con memoria.