San Luis Potosí, SLP.- “Podrá evadir la justicia, pero la de Dios jamás”: el grito de una abuela frente al silencio institucional
“Quiero justicia. No me van a regresar a mi hijo…estoy sobreviviendo. No me dejaron abrazarlo por última vez…uso medicamento diario para poder hacer una vida común, eso no se vale”.
Así, con la voz quebrada y el dolor que no da tregua, comienza el testimonio de una madre a la que le arrebataron a su hijo de apenas 16 años, asesinado a sangre fría por otro menor de edad.
Con consignas como “Justicia para Miguel”, “Todos somos Miguel” y “Que no quede impune”, familiares y amigos del joven marcharon vestidos de blanco por calles del Centro Histórico. El eco de sus voces retumbó desde avenida 20 de Noviembre hasta la Fiscalía General del Estado, en una movilización pacífica cargada de indignación y exigencia.
Miguel era un joven deportista, entrenaba box y estudiaba en el Cobach 26. La noche del crimen acudió a una fiesta junto a su hermanastro; quería ver a la chica que le gustaba, a quien pensaba declararse al día siguiente. Ese momento nunca llegó. Sin riña previa, sin discusión, sin motivo aparente, otro joven sacó un arma y le disparó en la cabeza.
“Le dieron a mi hijo a quemarropa. Queremos justicia, que lo atrapen, que no lo encubran”, exige su madre.
El relato del hermanastro, Jonathan Rocha, evidencia el horror: estaban por retirarse, incluso ya habían pedido un Uber, cuando el agresor, aparentemente bajo efectos del alcohol o alguna sustancia, disparó sin razón. Tras el ataque, los amenazó y volvió a accionar el arma antes de huir. Nadie pudo detenerlo.
“Escuchar el disparo y ver a mi hermano tirado… es algo que no se puede explicar”, recuerda.
A dos meses del asesinato, la familia denuncia que no hay avances claros por parte de la Fiscalía. La madre señala que no ha tenido contacto directo con la fiscal general y que la poca información que tiene ha sido a través de redes sociales y medios de comunicación. La indignación crece ante la versión de que el presunto responsable habría promovido un amparo.
“Necesito saber cómo alguien que asesina se puede amparar”, cuestiona.
La marcha no solo fue una exigencia de justicia, sino un acto de conciencia social. En el cruce de Reforma, los manifestantes detuvieron el tráfico para visibilizar una realidad que duele: un menor asesinó a otro menor y, hasta ahora, la justicia no ha alcanzado a la familia.
Entre los asistentes, la abuela de Miguel, apoyada en un caminador, lanzó una de las frases más contundentes de la jornada:
“Todos los días le pido a Dios que se haga justicia. Ese joven destruyó a toda una familia… podrá evadir la justicia, pero la justicia de Dios jamás”.
La madre, por su parte, también hizo un llamado directo a los padres del presunto agresor: dejar de encubrirlo y asumir su responsabilidad. “Desde casa empieza la educación. Hoy vemos lo que pasa cuando no hay valores ni control emocional. Solapar también los hace responsables”, afirmó.
El caso de Miguel no es solo una cifra más ni un expediente pendiente. Es el reflejo de una sociedad que enfrenta fallas profundas: en la educación, en el tejido social y, sobre todo, en la impartición de justicia.
Cuando una madre tiene que medicarse para poder levantarse cada día, cuando una abuela se aferra a la fe porque las instituciones no responden, y cuando un crimen puede quedar impune bajo el amparo del silencio, la pregunta deja de ser qué pasó… y se convierte en qué estamos permitiendo como sociedad.
Porque la justicia que no llega, también es una forma de violencia.