Opinión
En la FIL (Feria Internacional del Libro) que se lleva a cabo cada año en el mes de noviembre en Guadalajara, Jalisco, en su edición de 2022, estaba programada la presentación de un libro que se titula “Cuando lo Trans no es transgresor” de la filósofa mexicana Laura Lecuona (Ed. Siglo XXI). En cuanto inició la publicidad de la FIL sobre la presentación del libro, comenzaron las amenazas contra la editorial, la FIL y la autora. Las amenazas venían de personas o grupos trans en Jalisco. La principal molestia de estos grupos era: “¿por qué se le da un espacio en la FIL?”. Otra de las quejas contra Laura Lecuona fue que recibía trato especial por “su privilegio de publicar”. (Ahora resulta que publicar es un “privilegio”).
El libro no se presentó. La intolerancia no lo permitió, como no se permite el razonamiento ni la reflexión en ideas o posiciones diferentes a estos grupos, o que sus intereses fijan como inamovibles. En la democracia hay una gran variedad de pensamientos y expresiones diversas. No permitir esas expresiones solo tiene lugar en las dictaduras, en el totalitarismo; incluso se criminaliza a quienes piensan (pensamos) diferente.
Ahora en San Luis, se anunció la visita de la diputada española Cayetana Álvarez, invitada por el gobierno de la Capital. Hay que decirlo: algunas personas ni sabían quién es Cayetana Álvarez. Para qué saber, si somos bien felices viviendo en la nuez de la “potosinidad”, en el ombligo de nuestro personal mundito.
Así que les comparto: Cayetana Álvarez es doctora en Historia por la Universidad de Oxford (Inglaterra). Posteriormente decidió incursionar en el periodismo y luego en la política desde el Partido Popular (P.P. España); ha ocupado por dos ocasiones un escaño en la Cámara de los Diputados. Es una voz que coloca en la mesa el derecho a debatir las ideas; es una seria debatiente contra el populismo (de PODEMOS y otros populismos en España y el mundo). Incluye en esta defensa de las ideas la crítica contra las políticas “identitarias” sostenidas por la “vieja izquierda”.
Les pongo en contexto porque esa “vieja izquierda” es a la que pertenece Morena en México: aquella que se construyó en los sectores afines a la Unión Soviética (URSS). La caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) derrumbó además aquella ideología que se identificaba teórica y prácticamente en la “izquierda tradicional”, denominada también “vieja izquierda” que, ante el inminente colapso del bloque comunista en Europa del Este, significó para ellos la deslegitimación de sus modelos económicos centralizados y sistemas políticos autoritarios.
El shock de la caída del muro generó una suerte de desorientación y, ante ello, la “vieja izquierda” perdió su principal referente y —muy importante— su fuente de apoyo económico e ideológico. Ante esa orfandad ideológica, la izquierda en distintas partes del mundo se reconstruyó de distintas maneras e impulsó el surgimiento de nuevas vertientes. En América Latina surgió una amalgama conveniente que se identifica con la “izquierda” latinoamericanista, popular y antineoliberal, que dice priorizar el “bienestar” social, la “soberanía” nacional y la democracia participativa, incluida Morena en México.
Esta izquierda populista se autodefine como “progresista”, como una alternativa histórica renovadora y “transformadora”, y se asume desde el Estado como protector. Por ello, a esta “izquierda populista” le es necesaria la figura que supla o haga el papel del que manda: el “paternalismo” que provee igual de becas como de programas que, más que sociales, son asistenciales y, obviamente, electorales.
En cuanto al concepto de “progresistas”, es que han insertado como “progreso” los derechos de personas trans desde las infancias, proveyéndoles de “derechos de identidad”. En esta ruta, el populismo hace que la sociedad perciba que esta izquierda garantiza derechos por identidades de género. Esta estrategia hoy tiene dimensiones que incluyen a las infancias en su “derecho” a transicionar sin el consentimiento de sus padres o tutores. Entendiendo por “transicionar” cambiar de sexo. Nada más falso. El sexo es biología, materia y tiene, por ende, evidencia científica.
¿Qué tiene que ver todo esto con Cayetana Álvarez? Bueno, es que este mismo amasijo oportunista de “izquierda progresista y populista” es con la que se identifica el partido PODEMOS/SUMAR en España. Cayetana Álvarez, desde la Cámara de los Diputados, se confronta y hace crítica a esa izquierda, situándolos como contrarios a la transición española y acusándolos de usar la “libertad” como un instrumento de uso político electoral al garantizar, desde la Constitución y leyes secundarias (con énfasis en la “Ley Trans”), una simulación de derechos para las mujeres y la niñez.
Sin embargo, Cayetana Álvarez no se limita a una línea confrontativa con PODEMOS/SUMAR. Igual lo hace con el PSOE, partido del presidente Pedro Sánchez, a cuyos aliados y ministros acusa de pactar con delincuentes, erosionar la separación de poderes y romper la convivencia. Así como con los partidos independentistas y nacionalistas, pues es una crítica acérrima de formaciones como ERC, posicionándose en contra de la amnistía con intereses de impunidad. Cayetana Álvarez busca, desde una excelente oratoria parlamentaria, posicionar a su partido como una alternativa de centro liberal amplio.
Alguien podría interpretar que Cayetana Álvarez “no deja mono con cabeza”, o sea, que parejo se enfrenta y tiene parlamentariamente “para dar y prestar”. Sin embargo, lo que hace disruptiva a Cayetana es su valentía debatiendo lo que otras y otros esconden o simulan por miedo. Ser diferente y atípica tiene sus costes y Álvarez los paga hasta con placer. Es una extraordinaria oradora, congruente y coherente; no tiene parangón ni en Europa ni en otra región latinoamericana. Posee una honestidad intelectual poco común al colocar en la tribuna sus convicciones sin miedo a ser “políticamente incorrecta”. Para ella, lo correcto es debatir; y lo único que en este mundo se debate son las ideas (ni las emociones, ni los sentimientos, ni las identidades).
Cayetana Álvarez ejerce en plenitud el derecho a disentir desde las alturas del conocimiento y con una postura de insumisión ante lo políticamente correcto. Eso la coloca muy por encima de cualquier tribuna. Porque en el mundillo de la izquierda populista se ocupan más de la simulación hecha hipocresía que de colocar las ideas a partir de la realidad. Aquí, como en cualquier otro populismo, se sigue ponderando el paternalismo que busca decidir por la persona y anular el ejercicio de ciudadanía.
Cayetana Álvarez da la “batalla cultural” porque debate las ideas contra el populismo y las políticas identitarias. Ella sostiene que “la izquierda ha sustituido la igualdad por la identidad”, lo que divide a las sociedades en colectivos enfrentados. El feminismo defiende y lucha por derechos de igualdad entre hombres y mujeres; lo demás es generismo.
En efecto, Cayetana ha criticado duramente a líderes como López Obrador en México (por los "abrazos y no balazos"), a Cristina Kirchner en Argentina y a Pedro Sánchez en España. Es una política que rompe con el modelo de “política de caja de muñeca”: esa política sumisa que no se enfrenta por temor a ser señalada de radical o agresiva. Ella irrumpe defendiendo el mérito y ha dicho que “la mediocridad es el motor del populismo”.
No dudo que haya algunas ideas de Cayetana Álvarez con las que no coincido; sin embargo, decido ponderar aquellas con las que sí. Siempre, ante la podredumbre que hombres y mujeres han hecho de la política, es preferible escuchar a alguien con formación y con la valentía de ser ella misma. Bien hacen los gobiernos que nos dan alternativas de escuchar distintas voces. Exigir la prohibición de su presentación es estrechar el pensamiento propio. Si no quieren escucharla, es muy sencillo: no asistan.
La intolerancia hacia lo distinto genera en las personas fundamentalistas un terrible miedo. Miedo porque esa otra persona viene a decir una verdad (científica, biológica y material) que al “colectivo” no le conviene. La verdad derrumba la fábrica de las identidades por las que ahora dan presupuesto y espacios. Lo he dicho en foros públicamente: que vivan de su identidad no me importa, siempre y cuando ello no sea argumento para ocupar los espacios públicos y políticos que nos corresponden a las mujeres.
El otro tema que no se quiere abordar es que en los congresos locales ya promueven “leyes para infancias trans” que incluyen medicación y mutilación de cuerpos con la propaganda de que así se “cambia de sexo”, cuando esto es imposible. El sexo es inmutable; decirlo no debe dar miedo: “los hombres nunca serán mujeres”.
Y por último, los gobiernos gobiernan para todas las personas. Violentados nuestros derechos veríamos todas y todos quienes estamos esperando escuchar a la política de honestidad intelectual, con palabra firme y sarcasmo de ácido: Cayetana Álvarez.
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