San Luis Potosí, SLP.- El tránsito de la preparatoria a la universidad no solo implica exámenes de admisión, decisiones vocacionales y expectativas familiares. Detrás de ese crecimiento, se está gestando una crisis silenciosa, cada vez más jóvenes enfrentan ansiedad, estrés y, en casos menos visibles pero más persistentes, distimia, una forma de depresión crónica que suele pasar desapercibida.
Autoridades educativas han comenzado a reconocer que los estudiantes que están por egresar del nivel medio superior concentran uno de los mayores focos de vulnerabilidad emocional. La incertidumbre sobre el futuro, la presión por “elegir bien” una carrera y el miedo al fracaso no solo generan episodios de ansiedad, sino que también abren la puerta a trastornos más complejos.
-No todo lo que afecta la salud mental es evidente.-
A diferencia de una depresión mayor, la distimia —también conocida como depresión persistente— no siempre incapacita de forma inmediata. Es una tristeza constante, de baja intensidad pero prolongada, que puede durar meses o incluso años. Quien la padece suele seguir con su rutina, va a clases, cumple tareas, convive pero internamente carga con un desgaste emocional continuo.
En jóvenes, esto puede traducirse en apatía, desmotivación, dificultad para concentrarse, baja autoestima y una sensación permanente de insatisfacción. El problema es que, al no haber una “crisis visible”, muchas veces ni la familia ni las instituciones detectan el trastorno a tiempo.
En contraste, la ansiedad sí suele manifestarse de forma más evidente, nerviosismo constante, insomnio, pensamientos intrusivos o miedo excesivo ante decisiones académicas. Sin embargo, normalizar estos síntomas como “parte de crecer” puede ser igual de peligroso.
Porque cuando la ansiedad no se atiende, puede escalar o coexistir con otros trastornos como la distimia, generando un círculo difícil de romper.
Uno de los efectos más preocupantes de esta situación es el abandono escolar. No siempre se trata de falta de capacidad o de recursos económicos; en muchos casos, el problema es emocional.
La distimia, al ser silenciosa, mina poco a poco la motivación. El estudiante deja de encontrar sentido a sus metas, pierde interés y eventualmente se desconecta del entorno académico. Lo que desde fuera puede parecer desinterés, en realidad puede ser un trastorno no atendido.
Algunas instituciones han comenzado a implementar estrategias como espacios de contención emocional, acompañamiento psicológico y canalización a servicios especializados. Estas acciones representan un avance, pero también evidencian que el problema ya es significativo.
El reto no solo es atender los casos detectados, sino anticiparse a ellos. La salud mental sigue siendo un tema subestimado en el sistema educativo, donde aún predomina la idea de que el rendimiento académico depende únicamente del esfuerzo individual.
Hablar de salud mental en jóvenes no debería ser una medida reactiva, sino una política constante. Detectar a tiempo trastornos como la distimia puede marcar la diferencia entre que un estudiante continúe su formación o abandone su proyecto de vida.
Porque al final, el verdadero riesgo no es solo el estrés de un examen de admisión, sino todo aquello que no se ve pero que pesa todos los días.