San Luis Potosí, SLP.- En las carreteras de San Luis Potosí, donde la prisa suele imponerse sobre la empatía, una historia reciente obliga a detenerse, aunque sea por un momento, para mirar de frente una realidad incómoda, la violencia cotidiana contra los animales. No se trata solo de cifras o denuncias, sino de vidas que, como la de Dominga, terminan abruptamente por la indiferencia humana.
Dominga no nació en un hogar. Era una perrita callejera que llegó en malas condiciones a un Punto de Atención Ciudadana instalado en el filtro de carretera Horizontes, donde elementos de la Guardia Civil Estatal no solo cumplen con su deber de proteger a las y los potosinos, sino que también extendieron esa vocación de cuidado a quienes no tienen voz. La alimentaron, la curaron y la acompañaron hasta verla recuperar peso, energía y dignidad. Le dieron algo más importante que refugio, le dieron identidad.
Porque sí, los animales también tienen nombre. Y con ese nombre, historia. Dominga dejó de ser “una más” para convertirse en parte de una pequeña comunidad que la reconocía, la cuidaba y la quería.
Pero hace unos días, esa historia se rompió. Un vehículo pasó por el filtro y la atropelló. La versión oficial habla de un accidente. Sin embargo, entre quienes presenciaron el hecho, persiste otra narrativa, que pudo evitarse, que hubo tiempo, que hubo decisión. Y ahí es donde la línea entre descuido y crueldad se vuelve dolorosamente delgada.
¿Por qué alguien es capaz de dañar a un animal? La respuesta no es simple, pero sí reveladora, la deshumanización del otro, aunque ese “otro” tenga cuatro patas. Es la falta de empatía, la normalización de la violencia y la idea equivocada de que la vida animal vale menos. Envenenar, golpear o atropellar sin remordimiento no son actos aislados; son síntomas de una sociedad que ha aprendido a ignorar el sufrimiento ajeno.
Hoy fue Dominga. Ayer fueron muchos más. Y mañana, si no hay conciencia, seguirán siendo otros.
La ley en México ya reconoce el maltrato animal como un delito. No es menor. No es un “error”. No es algo que deba justificarse con prisa o indiferencia. Quitarle la vida a un animal es arrebatarle a un ser vivo su derecho más básico, existir. Y aunque no es lo mismo jurídicamente que un homicidio, sí comparte una raíz ética profunda, la incapacidad de reconocer el valor de la vida.
Los propios elementos de la Guardia Civil Estatal, que resguardan caminos y protegen a la ciudadanía, tuvieron que enfrentar también el dolor de perder a un ser al que habían salvado. No la dejaron tirada. No la olvidaron. Se hicieron cargo incluso en la despedida, como pocas veces lo hace la sociedad.
Dominga no fue solo una perrita callejera. Fue una historia de rescate, de cuidado y, tristemente, de negligencia humana. Su muerte no debería quedar como una anécdota más en la carretera, sino como un llamado urgente a la conciencia colectiva.
Porque respetar a los animales no es un acto de bondad opcional, es un reflejo de quiénes somos como sociedad. Y mientras sigamos viendo sus vidas como prescindibles, estaremos cada vez más lejos de llamarnos verdaderamente humanos.