Realidades sin timbre ni recreo
Hay muchas cosas que los profesores desearíamos que no existieran dentro del aula. Situaciones que, si dependiera de nosotros, nunca formarían parte de la vida escolar. Sin embargo, están ahí, discretas y persistentes, apareciendo entre cuadernos, pupitres y listas de asistencia.
Quizá algunos colegas ya las han encontrado alguna vez cara a cara; otros, por fortuna, tal vez aún no han tenido que mirarlas de cerca. Ojalá permanezcan así, lejanas y casi improbables.
Déjenme les digo que en muchas escuelas estas escenas no son episodios extraordinarios, sino presencias silenciosas que, tarde o temprano terminan revelándose ante los ojos del maestro.
La escuela suele imaginarse como un lugar ordenado, con horarios definidos, disciplinas delimitadas y propósitos claros. No obstante, la vida que llega cada día con los educandos rara vez responde a esta aparente simetría. Cada estudiante llega al salón con algo más que su mochila; trae consigo fragmentos de su mundo: alegrías, ausencias o preocupaciones que no figuran en ningún plan de clase. Es entonces cuando enseñar exige más que solo transmitir conocimientos; exige observar con paciencia, escuchar con atención e intentar, aunque sea de manera incompleta, una humilde elucidación de aquello que permanece oculto detrás de ciertas palabras o silencios.
Recuerdo una mañana en la que pedí a un alumno que trajera firmado un citatorio, ya que había tenido varios problemas de conducta y el procedimiento era claro, casi automático dentro de la rutina escolar. Le indiqué que al día siguiente su mamá debía acudir a la escuela. El joven sostuvo el papel durante unos segundos, como si intentara descifrar algo que no estaba escrito en él. Finalmente levantó la mirada.
-Mi mamá no va a poder venir, maestro.
-¿Por qué?
Porque… no tengo.
A veces una frase tan breve posee la capacidad de vaciar de sentido todo aquello que creemos firmemente establecido. Acuerdos de convivencia, formatos, advertencias, protocolos; de pronto todo pierde su peso ipso facto, como si la hoja que sosteníamos entre las manos ya no encontrara dónde apoyarse. El silencio que sigue a esas palabras suele ser largo, y no porque falten respuestas, sino porque ninguna parece suficiente.
Algo parecido me ocurrió en otra ocasión, no recuerdo exactamente de qué trataba aquel papel que debía firmar el padre de una alumna, ella se llevó ese formato a casa. Al día siguiente cuando le pedí que me entregara la rúbrica en la hoja, me percaté de que el recado estaba intacto:
-Profesor, mi papá no pudo firmar.
-De seguro se te olvidó entregarlo.
-No es eso, es que está hospitalizado.
No añadió nada más, esa respuesta dejó un suspiro suspendido en mí y en el aula una realidad que ninguno de nosotros alcanzaba a ver del todo. En ocasiones los educandos pronuncian frases que, sin proponérselo, dejan sobre el escritorio una parte de su mundo. Es ahí cuando comprendemos que la escuela no es únicamente un espacio de reglas; es también un punto de encuentro de vidas muy distintas entre sí. Historias como estas existen en número incontable, todas diferentes, algunas difíciles de imaginar desde la comodidad de un escritorio. Recordemos que cada alumno trae consigo un pequeño universo que apenas logramos entrever durante unas cuantas horas al día.
Y es que todo esto deja ver que enseñar implica sostener dos dimensiones al mismo tiempo: la exigencia del conocimiento y la fragilidad de las experiencias que cada alumno trae. En ese equilibrio se mueve diariamente el oficio del maestro. Se enseña, sí; pero también se intenta comprender.
Cuando el timbre suena y el aula queda vacía, muchas veces no es el cansancio lo que permanece. Quedan preguntas, silencios, frases que no se repiten, escenas breves que se alojan en la memoria. Los pupitres vuelven a alinearse en quietud, el pasillo recupera su calma, la jornada termina. Sin embargo, algo queda ahí; una certeza que muchos colegas conocen, aunque pocas veces la pronuncien en voz alta: detrás de cada estudiante hay una historia, que en ocasiones necesita ser contada o externada por ellos mismos para que así sean comprendidos.
Muchas veces los docentes no nos llevamos a casa únicamente cuadernos o planeaciones, también cargamos con preguntas, respuestas inciertas, suposiciones o instantes que vuelven a aparecer horas después, cuando el silencio del día permite pensar con más calma. Quizá por eso, cuando todo queda aparentemente tranquilo, uno descubre algo que nunca estuvo escrito en un programa educativo: que enseñar también significa sentir, y que, en realidad, todo empieza exactamente ahí. Cuando un maestro siente.
Hoy no habrá sugerencia de lectura al final de esta columna. No porque falten libros o historias que puedan acompañar estas reflexiones. La invitación esta vez es distinta. Tal vez lo más valioso sea detenernos un momento y preguntarnos qué hacemos cuando, en una rutina escolar, aparece una realidad como las que aquí he compartido. Qué tipo de respuesta ofrecemos cuando entendemos que detrás de una conducta, una ausencia o un silencio puede existir una historia que necesita algo más que un reporte o una calificación.
Quizá la sugerencia más honesta, esta vez, sea simplemente esa: reflexionar.
Porque cuando situaciones como las antes mencionadas se presentan, la educación deja de ser únicamente un programa por cumplir. Y se convierte, inevitablemente, en una decisión profundamente humana.