La vulnerabilidad de 24 millones de trabajadores surasiáticos en el Golfo Pérsico, atrapados bajo los bombardeos sin acceso a refugios ni a sus pasaportes, ha obligado a los Gobiernos de la región a diseñar a contrarreloj planes de contingencia ante una crisis que amenaza sus economías.
La ruta migratoria entre el sur de Asia y el Golfo Pérsico constituye uno de los corredores laborales más grandes del mundo. Estos migrantes son la columna vertebral de las ciudades de lujo del Golfo, responsables tanto de levantar sus megaproyectos de infraestructura como de mantener en marcha los servicios esenciales.
En países como Emiratos Árabes Unidos o Catar, los trabajadores extranjeros constituyen la mayoría de la población residente.
Víctimas en toda la región
La escalada del conflicto ya ha dejado víctimas extranjeras en varios países. Según el recuento elaborado por Anti-Slavery International, en los Emiratos Árabes Unidos han fallecido al menos tres migrantes originarios de Pakistán, Bangladés y Nepal, incluido un guardia de seguridad de 29 años en el aeropuerto de Abu Dabi.
En Baréin, un trabajador naval bangladesí de 48 años murió por el impacto de los restos de un misil en una zona industrial, mientras que en Omán un dron atacó directamente alojamientos obreros del puerto de Duqm.
Además, los ataques han provocado unos 70 heridos de al menos 15 nacionalidades asiáticas y africanas en incidentes como el registrado en el aeropuerto internacional de Kuwait.
El Centro de Información sobre Empresas y Derechos Humanos (BHRRC) y la propia Anti-Slavery denunciaron en un informe conjunto que los migrantes de bajos ingresos son "rutinariamente excluidos" de los protocolos de emergencia y se les niega el acceso a los búnkers de refugio antiaéreo, viéndose obligados a guarecerse en alojamientos precarios.
El bloqueo legal del sistema Kafala
Bajo el sistema de patrocinio laboral (denominado Kafala), los empleadores retienen los pasaportes de los trabajadores, privándoles de los permisos de salida exigidos para abandonar el país.
Este bloqueo es especialmente crítico para las empleadas domésticas, en su mayoría procedentes de países como Sri Lanka, cuyo aislamiento en residencias privadas dificulta severamente el contacto consular y las rutas de evacuación.
Ese temor se siente también en sus países de origen. En Ratnapura, en el sur de Sri Lanka, Y. Samanthi teme por la seguridad de su hermana Susila, de 50 años, que trabaja como empleada doméstica en Kuwait.
"A veces, cuando suenan las sirenas, es imposible comunicarse con ella", dijo a EFE su hermana, que esperaba su regreso para celebrar el Año Nuevo cingalés y tamil. "Ahora solo hablamos de la guerra", añadió.
Otra mujer bajo el sistema, Kamali (nombre ficticio), finge reírse cuando habla con su familia desde Dubái por miedo a que escuchen sus conversaciones sobre los ataques. "Solo tenemos que esperar. No hay nada para nosotros en casa", dijo a EFE desde el Golfo, donde asegura sentirse atrapada.
El motor del sur de Asia bajo ataque
Con millones de trabajadores en los países del Golfo, Bangladés es uno de los principales proveedores de mano de obra de la región. Según datos de estadísticas de la Oficina de Mano de Obra, Empleo y Formación (BMET) alrededor de 4,5 millones de bangladesíes trabajan en los países del Golfo, con Arabia Saudí como principal destino.
El hijo de Saleh Ahmed, un bangladesí de 55 años que murió en Emiratos Arabes mientras repartía agua, relató que su padre había salido a trabajar sin saber que la guerra había comenzado.
Nepal, con casi tres millones de ciudadanos en el Golfo, también depende de las remesas que envían, y que representan cerca del 25 % de su PIB. Katmandú descartó una evacuación inmediata al no percibir una "amenaza inminente", pero ha suspendido nuevos permisos laborales para la región y ha activado un registro consular de emergencia que ya suma 100.000 inscritos.
La dependencia crítica de Pakistán y el limbo afgano
Con una diáspora en el Golfo que roza los 9 millones de personas, Pakistán depende de sus trabajadores para evitar la quiebra. Según el Banco del Estado, las remesas alcanzaron den 2025 un récord de cerca de 40.000 millones de dólares.
Una de las víctimas que más conmoción ha generado es la del paquistaní Murib Zaman, un ciudadano que trabajaba como conductor en Abu Dabi y que murió tras la caída de restos de otro misil interceptado.
Según Human Rights Watch (HRW), la extrema vulnerabilidad llega con los ciudadanos afganos: atrapados en una "doble exposición", son excluidos de los refugios de emergencia y, ante el colapso de su red consular, carecen de documentos para huir.