Realidades sin timbre ni recreo
¿A qué maestro no le ha ocurrido que llega al aula con la planeación didáctica cuidadosamente elaborada, expectativas altas y entusiasmo intacto… y, aun así, nada sucede como lo había imaginado?
Muchos colegas conocemos bien esa escena, donde llegamos al salón con nuestras estrategias pensadas a detalle, materiales listos y con la convicción de que la sesión será significativa para nuestros estudiantes. Ya hemos revisado objetivos, secuencias, tiempos, dinámicas e incluso anticipado algunas preguntas de los alumnos; todo parece estar preparado para que la clase esté llena de aprendizaje fructífero, casi prístina en su organización. Sin embargo, la realidad del aula (tan viva, tan diversa, tan imprevisible) a veces decide escribir su propia narrativa.
El grupo llega inquieto, algunos estudiantes faltaron y la actividad dependía del trabajo completo del alumnado; la conexión a internet falla en el instante en el que debíamos proyectar aquel video cuidadosamente seleccionado. Quizá hubo un evento escolar inesperado que cortó el tiempo de la sesión o simplemente en ocasiones el ánimo del grupo no acompaña lo planeado. También puede ocurrir que el proyector no funcione, que algunos estudiantes lleguen tarde porque venían de otra actividad escolar; qué me dicen de cuando el sonido del video no se escucha y aunado a eso a algunos jóvenes se les olvidó en casa el material. Por si fuera poco, en ocasiones la lluvia irrumpe la dinámica planeada al aire libre o simplemente el trabajo que los educandos tuvieron en la clase anterior los dejó inquietos.
Por todo esto y mucho más, la sesión que imaginábamos dinámica, estructurada y profundamente significativa comienza a transformarse en algo distinto. Lejos de ser esto una irregularidad, forma parte de la esencia misma del quehacer docente. Y es que enseñar no es llevar a cabo un guion rígido; es interactuar con grupos heterogéneos, con contextos cambiantes y con realidades humanas complejas. Por ello, pretender que todo ocurra exactamente como fue diseñado en la planeación es, en cierto sentido, desconocer la naturaleza dinámica del aprendizaje.
En esos momentos surge una de las competencias más valiosas de un profesor: la capacidad de improvisación pedagógica. No una improvisación caótica o desordenada, sino aquella que se sustenta en el conocimiento, la experiencia, la didáctica y quizá hasta en un poco de sensibilidad educativa.
Porque el maestro además de planear sus clases también conoce e interpreta contextos, ajusta estrategias, modifica actividades, simplifica dinámicas o transforma el rumbo de una sesión sin perder de vista su objetivo. Ahí aparece lo que algunos autores llaman “flexibilidad didáctica”, una habilidad indispensable en la práctica educativa contemporánea y parte esencial de la sapiencia profesional que el profesor va construyendo con la experiencia.
Tal vez aquella dinámica colaborativa pensada para cuarenta estudiantes termina convirtiéndose en un diálogo abierto con los treinta que asistieron, quizá ese video que no pudimos proyectar se transforma en una narración que despierta la imaginación del grupo o aquel debate espontáneo que surgió ocupa el lugar de la actividad prevista, generando reflexiones inesperadas, pero profundamente valiosas. En ocasiones, incluso una conversación repentina con los estudiantes permite explorar ideas con mayor erudición y profundidad de lo que habíamos anticipado, revelando matices pedagógicos que no siempre se contemplan en la planeación inicial.
¿Cuántas veces, colegas, hemos descubierto que una clase aparentemente “imperfecta” terminó dejando aprendizajes más significativos de los que esperábamos? La pedagogía no solo se edifica en los libros o en una planeación didáctica; también se forja en esos momentos donde debemos adaptarnos, pensar con rapidez y confiar en nuestras habilidades docentes. Cada imprevisto es una invitación a fortalecer nuestra práctica y a ampliar nuestro acervo pedagógico.
La enseñanza, con los ajustes que exige cada contexto, siempre se encuentra en proceso de transformación. Los profesores aprendemos todos los días: de los educandos, de nuestras estrategias y también de los errores. Reconocerlos no implica debilidad profesional, sino todo lo contrario; revela una actitud reflexiva y un compromiso auténtico con el aprendizaje.
El filosofo de la educación Donald Schön habló precisamente de la importancia de reflexionar en la acción y sobre la acción, es decir, aprender mientras enseñamos y después de haber enseñado. Cada clase que no salió como esperábamos se convierte, entonces, en una oportunidad invaluable para revisar nuestras estrategias y enriquecer nuestro repertorio pedagógico.
El aula es un espacio donde conviven la planeación y la incertidumbre, el conocimiento y la emoción, la estrategia y la espontaneidad. Y en ese equilibrio delicado se construye la verdadera experiencia educativa. Por ello, cuando una clase no resulta como la imaginábamos, quizá la invitación no sea a la frustración, sino a la reflexión. A preguntarnos qué podemos ajustar, qué estrategias podemos fortalecer y qué aprendizajes nacieron de aquella vivencia.
Porque al final, los maestros seguimos siendo aprendices permanentes del oficio que amamos y aunque el plan cambie, el propósito permanecerá intacto. Y probablemente sea ahí, en medio de lo inesperado, donde se revele una de las verdades más profundas de la labor docente: que enseñar no es controlar cada instante, sino acompañar procesos humanos que siempre están en movimiento.
Entonces valdría la pena preguntarnos al salir del salón de clases, y mientras el eco de la jornada aún permanece en la memoria:¿cuántas de nuestras mejores lecciones no estaban escritas en la planeación, sino que nacieron precisamente en el momento en que todo parecía desviarse del plan?
Si quieres seguir reflexionando sobre tan “común” e interesante temática, te invito a leer el libro titulado: El profesor reflexivo del autor Donald Schön.