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Crónicas de mis Pueblos Mágicos. Catorce

Vértice

Amigas y amigos de Plano Informativo, hoy hablaremos deHay un instante preciso, justo cuando los neumáticos de la camioneta dejan el asfalto y muerden el empedrado del camino, en el que el cuerpo entiende que ya no pertenece al ruido. Subir hacia la Sierra de Catorce es, en realidad, un ejercicio de despojo. Vas dejando atrás las notificaciones del celular, las agendas apretadas y esa urgencia de llegar a ninguna parte. Aquí, el tiempo no se mide en minutos, se mide en latidos.

El Túnel de Ogarrio es el verdadero protagonista de este renacer. Son dos kilómetros de una oscuridad fresca, protectora, que huele a tierra mojada y a historia minera. Atravesarlo se siente como un canal de parto hacia otra dimensión. Cuando la luz estalla al final del túnel, San Luis Potosí te recibe con una claridad que parece filtrada por cristales. No es solo un pueblo lo que aparece ante mis ojos; es un refugio de cantera que se aferra con orgullo a la falda de la montaña.

Caminar por las calles de Real de Catorce con botas de exploradora y el corazón abierto es una experiencia sensorial completa. Me detengo a respirar el aire del Altiplano, ese que es tan delgado y puro que parece limpiar los pensamientos. Las fachadas, con sus colores ocres y sus puertas de madera vieja, cuentan historias de opulencia y de silencio, pero sobre todo, de una dignidad que no se quiebra. Aquí, la identidad se siente en la planta de los pies al sortear las pendientes, y en el saludo pausado de la gente que te mira a los ojos, con una paz que solo da el vivir cerca del cielo.

Subí al Cerro del Quemado montada en un peculiar todo terreno, esos vehículos que son ya parte del ADN de este lugar. Mientras el viento me despeinaba y el sol me besaba la cara, sentí esa conexión eléctrica con lo sagrado. Mirar hacia el desierto de Wirikuta desde lo alto es entender nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, nuestra inmensidad. No hay crítica posible ante la majestuosidad de la naturaleza; solo hay un agradecimiento profundo por estar presente, por ser mujer y por tener la capacidad de conmoverse ante un horizonte que no tiene fin.

Me senté en la plaza principal, frente a la Parroquia de la Purísima Concepción, con un café de olla entre las manos. El calor del barro me devolvió a la tierra. Observé a las artesanas huicholes, cuyos dedos tejen el universo en visiones de chaquira y estambre. En su arte, encontré la respuesta a lo que buscaba, la identidad de Catorce no es la de un "pueblo fantasma", es la de un espíritu vibrante que ha decidido que el silencio es su mejor melodía.

Al caer la tarde, cuando las sombras se alargan y el pueblo se tiñe de un violeta místico, una se siente parte de la piedra. Me voy de aquí con los bolsillos vacíos de prisa y el alma llena de desierto. Catorce no es un destino en el mapa, es un estado de gracia al que siempre se quiere volver.

De corazón, gracias por su lectura.
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