Es increíble como situaciones que parecen sin importancia, cobraron una relevancia tremenda en la captura de tres grandes criminales mexicanos, que parecían ser hombres super poderosos y cayeron por elementos muy terrenales.
El primero es Joaquín Guzmán Loera. Su tercera captura no solo fue resultado de inteligencia y seguimiento tecnológico, sino también de su fascinación por la actriz Kate del Castillo, quien dio vida a Teresa Mendoza en la serie La Reina del Sur. Guzmán, seducido por la narrativa que romantizaba el mundo del narcotráfico, buscó acercarse a la actriz con la intención de llevar su propia historia al cine. Ese deseo de protagonismo, esa necesidad de verse convertido en mito, dejó rastros. Y los rastros, en el mundo del crimen, se pagan caro. Lo que parecía vanidad terminó siendo vulnerabilidad.
En el caso del líder de los Caballeros Templarios, Servando Gómez Martínez “la Tuta”, la causa de su detención es aún más inverosímil. A él, las fuerzas federales lo tenían ubicado en una casa cerca de Morelia, Michoacán después de andar a salto de mata. Pero antes de cualquier acción, las autorizadas necesitaban tener la plena y completa seguridad que él estuviera en esa casa. De pronto, uno de los sicarios que ya tenían identificado, se baja de un auto con un pastel de chocolate que llevaba la leyenda “felicidades profe”. Al revisar rápidamente los datos de “la Tuta”, se confirma que ese día es su cumpleaños. Momentos después, se arma el operativo y en pleno festejo es como detienen a Gómez Martínez.
El más reciente caso, se dio el pasado fin de semana, donde una influencer colombiana y la pareja sentimental de Nemesio Oseguera Cervantes alias “El Mencho”, fueron claves en su detención en el municipio de Tapalpa, Jalisco. Posteriormente falleció, producto de heridas provocadas tras el enfrentamiento con fuerzas militares. Así concluyó el reinado del que era el delincuente más buscado del mundo.
Si uno observa estos tres episodios de manera superficial, podría encontrar cierto matiz irónico. Una obsesión mediática. Un pastel de cumpleaños. Una relación sentimental. Elementos cotidianos, casi domésticos. Pero no hay nada gracioso en el fondo. Estamos hablando de figuras responsables de miles de muertes, desplazamientos forzados, comunidades fracturadas y generaciones marcadas por la violencia.
Dos de ellos cumplen condenas en Estados Unidos. El tercero murió en un enfrentamiento. Sus historias terminaron, pero las consecuencias de sus actos siguen presentes.
La pregunta de fondo no es cómo cayeron, sino qué hacemos nosotros con esas lecciones. ¿Seguiremos fascinados por la estética del narco, por la narrativa que convierte a criminales en personajes de serie? ¿O entenderemos, de una vez por todas, que detrás del espectáculo hay dolor real?
Porque si algo demuestran estas capturas es que incluso el poder construido sobre el miedo descansa en debilidades humanas. Y tal vez ahí, en esa fragilidad, también esté la oportunidad de cambiar como sociedad.