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Motivación y biología cerebral

Punto Crítico

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¿De dónde nace la motivación: del carácter, de la disciplina o de algo más profundo y orgánico? Durante décadas hemos pensado que la motivación es una cualidad casi moral, una virtud que algunas personas poseen y otras no. Sin embargo, los avances en neurociencia nos invitan a replantear esta idea. Hoy sabemos que la motivación tiene raíces biológicas claras: es un proceso cerebral complejo que integra emociones, memoria, recompensa y supervivencia. Comprender su base biológica no nos quita responsabilidad; al contrario, nos ofrece herramientas para construir una sociedad más consciente y compasiva.

En el corazón de este proceso se encuentra la dopamina, un neurotransmisor frecuentemente malinterpretado como “la molécula del placer”. En realidad, más que placer, la dopamina está asociada con la anticipación y la búsqueda. Cuando visualizamos una meta —desde terminar una carrera hasta iniciar un emprendimiento— ciertas áreas como el sistema mesolímbico y la corteza prefrontal se activan, generando esa energía interna que nos impulsa a actuar. Como han señalado diversos neurocientíficos, el cerebro no solo responde a recompensas, sino a la expectativa de ellas. ¿Qué significa esto para nuestra vida cotidiana? Que la motivación no depende únicamente del resultado, sino de cómo interpretamos el camino.

La corteza prefrontal, responsable de la planificación y la toma de decisiones, dialoga constantemente con estructuras más antiguas como la amígdala, que procesa el miedo y las emociones intensas. Cuando el estrés crónico domina, la amígdala puede inhibir nuestra capacidad de proyectarnos hacia el futuro. Por eso, en contextos de violencia, precariedad o incertidumbre —tan presentes en nuestra realidad mexicana— la motivación puede verse afectada no por falta de voluntad, sino por sobrecarga biológica. Entender esto nos invita a dejar de juzgar y empezar a acompañar.

Expertos en psicología motivacional han señalado que la motivación florece cuando se satisfacen tres necesidades básicas: autonomía, competencia y vínculo. Desde la biología cerebral, estas necesidades también tienen correlatos neuronales. Sentirnos capaces activa circuitos de recompensa; experimentar conexión social libera oxitocina y reduce el cortisol; tomar decisiones propias fortalece la integración prefrontal. Es decir, el cerebro está diseñado para motivarse cuando el entorno facilita crecimiento y pertenencia. ¿No sería entonces urgente rediseñar nuestros espacios educativos y laborales bajo esta premisa?

Un ejemplo claro lo vemos en el ámbito escolar. Cuando un estudiante recibe retroalimentación positiva y retos alcanzables, su cerebro libera dopamina asociada al progreso. En cambio, la humillación o la crítica constante generan respuestas defensivas que inhiben el aprendizaje. Lo mismo ocurre en el trabajo: equipos que celebran pequeños avances construyen una cultura neurobiológicamente motivadora. No se trata de “pensar positivo” de manera ingenua, sino de comprender cómo los estímulos cotidianos moldean nuestra arquitectura cerebral.

Además, la motivación no es estática; el cerebro es plástico. La neuroplasticidad nos recuerda que las conexiones neuronales cambian con la experiencia. Hábitos como el ejercicio, el sueño adecuado, la meditación y metas claras fortalecen los circuitos de autorregulación. Como diría Viktor Frankl, entre el estímulo y la respuesta hay un espacio; desde la biología sabemos que ese espacio puede entrenarse. Cada pequeña acción repetida es una forma de esculpir nuestro sistema motivacional.
Proponer una nueva mirada sobre la motivación implica dejar de verla como un simple eslogan de superación y reconocerla como un fenómeno biopsicosocial. Si entendemos que nuestro cerebro responde al sentido, al reconocimiento y a la seguridad, podemos construir comunidades más humanas. ¿Y si en lugar de exigir motivación comenzáramos a crear las condiciones biológicas y emocionales para que surja? La invitación es clara: conocer nuestro cerebro no nos limita, nos libera.

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