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Entre el tesón del pensamiento y la comodidad del algoritmo

Realidades sin timbre ni recreo.

A cierta edad de mi vida, sigo creyendo en los lápices y en todos los mundos que puedes crear con ellos, con tu creatividad y con tu imaginación. Aunque también desconfío de las tareas impecablemente bien escritas. Y es que hoy en día la Inteligencia Artificial no llegó con trompetas ni avisos oficiales. Llegó muy calladita, sutil y queriendo pasar desapercibida, como llegan siempre las cosas que lo cambian todo: en el celular del alumno que se sienta hasta atrás, en la tarea encargada y entregada en línea a las 11:59 p. m., en el texto impecable y asombroso de un adolescente de trece años “redactado” con una profundidad digna de un doctorante en filosofía… y ya no digo con buena ortografía, sino con excelente gramática, como un verdadero erudito de la palabra escrita. Ahí supe, sin ambages, que algo “raro” estaba pasando.
 
Si bien, la IA no llega a todos de la misma manera; en muchas aulas ya está presente, aunque nadie la haya invitado formalmente. De una u otra manera esa inteligencia a mi parecer no tan inteligente, puesto que no piensa ni analiza las cosas como lo haría una persona, ya anda merodeando a los alumnos, tanto, que hasta les explica lo que no entienden en clase, les resume libros que no leyeron y, a veces, les hace la tarea completa mientras ellos se ponen a estar viendo contenido en alguna red social. No es ciencia ficción, tampoco una exageración de un profesor paranoico: es el nuevo paisaje educativo, una coyuntura que nos obliga a repensarlo todo, incluso cuando el asombro inicial comienza a verse un poco alicaído.
 
Muchos colegas comentan que esto vuelve flojos a los educandos. Yo no lo tengo tan claro, flojera siempre ha habido: antes se copiaba del cuaderno del compañero, de algún rincón de Wikipedia (nada confiable, por cierto, o al menos eso se pregona) o de quien se apiadara de ti y te pasara la tarea.
 
La diferencia es que ahora la copia es elegante, educada y hasta escribe mejor que muchos de nosotros. El problema no es la flojera, el problema es no pensar. Y pensar a veces nos cuesta demasiado trabajo, da dolor de cabeza, no tiene botón de regresar respuesta, requiere tesón y tiempo; dos cosas poco populares en la era digital, donde el esfuerzo suele parecer casi inocuo.
 
La Inteligencia Artificial no se cansa, no se desespera, es muy paciente, no te dice “eso ya lo expliqué”, por eso se nota que los estudiantes la adoran, y es que debido a eso corremos el riesgo de que se acostumbren a no equivocarse, a no batallar, a no enfrentarse al vacío incómodo de no saber qué escribir, sino a entregar un amasijo de ideas bien redactadas, y a su vez poco propias. Y ahí es donde la escuela debería levantar la mano y decir de forma firme y hasta vehemente: “cuidado, aprender también es frustrarse un poco”.
 
Muchas veces, en las conversaciones cotidianas que se dan entre docentes, en cualquier espacio y momento, el tema aparece de pronto. Algunos quieren prohibirla, otros la usan en secreto, otros más fingen que no existe. La verdad de esto es que muchos maestros no estamos del todo preparados, no porque no queramos, o tal vez sí, más bien porque nadie nos enseñó cómo educar en un mundo donde una máquina escribe ensayos en segundos. Aprendemos sobre la marcha, a veces gracias a los propios educandos, lo cual para nada es humillante, sino una lección valiosa de humildad pedagógica; y también de cierto modo, un acicate para no quedarnos atrás, aun cuando ellos se muestren más solícitos que nosotros frente a la tecnología.
 
Los padres de familia tampoco la tienen fácil, algunos la ven como trampa, otros como niñera digital y unos cuantos como un milagro moderno que ayuda a sus retoños a sacar buenas calificaciones. Pocos son los que se preguntan qué está aprendiendo realmente mi hijo, entiende lo que entrega o solo está administrando respuestas ajenas. La IA no educa sola, igual que un libro no lo hace si no se abre, ni genera conocimiento eidético si no se reflexiona.
 
Y luego está la sociedad, siempre exigiendo resultados inmediatos, promedios altos y alumnos competitivos, pero poco dispuesta a discutir cómo se construye el pensamiento crítico en esta nueva era. Queremos jóvenes brillantes, pero les damos atajos permanentes, buscamos despertar la creatividad en ellos, y premiamos la rapidez. No hay parangón entre exigir profundidad y celebrar únicamente el desempeño más descollante.
 
La IA no es el villano de esta historia, tampoco el héroe. Es una herramienta poderosa que puede ampliar la menta o atrofiarla, dependiendo de cómo la usemos; puede ser un trampolín para pensar mejor o un sillón cómodo donde el cerebro decida no levantarse.
 
El futuro ya está aquí, sentado en el salón, con uniforme escolar y acceso a internet, no se trata de apagar la máquina, sino de encender la conciencia. Enseñar a preguntar mejor, a dudar, a ser críticos, a contrastar y a no conformarse con la primera respuesta bonita que aparece en la pantalla.
Y si al terminar de leer esta columna, te quedaste pensando: esto está demasiado bien escrito… ¿será obra de la IA? La respuesta es: no, fue escrita por un profesor que cree y confía en la educación, en sus educandos y en el poder de una buena reflexión humana.
 
Pero si dudas… bueno, eso también es parte del viaje educativo.
 
SUGERENCIA DE LECTURA. Cuento titulado: Amor verdadero. 
 
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