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Libros de cocina como memoria familiar

Opinión

Hay libros que no se leen: se consultan, se habitan, se heredan.
No siempre están en libreros ni se piensan como parte de una biblioteca. A veces viven en la cocina, entre manchas, dobleces y anotaciones al margen. No son libros impecables. Son libros usados.

En muchas casas, el primer acercamiento a la cocina no ocurre a través de una receta escrita con precisión, sino a través de la repetición, de la observación y de la práctica. Sin embargo, hay un momento en que ese conocimiento se fija. Se escribe. Se guarda.

El libro de cocina, en ese sentido, es más que un recetario. Es un registro doméstico del tiempo.
A diferencia de los libros de cocina contemporáneos —cuidada fotografía, medidas exactas, técnicas sistematizadas—, los recetarios familiares suelen ser fragmentarios. Una lista de ingredientes sin cantidades. Indicaciones abiertas: “al gusto”, “hasta que esté listo”. Correcciones a mano. Variantes. Adaptaciones.

Lo que se transmite ahí no es solo una receta, sino una forma de hacer.
En muchos de estos libros, la cocina aparece como un saber situado: responde a lo que había, a lo que se podía conseguir, a las prácticas de una época y a las condiciones de una familia. Son documentos silenciosos de historia cotidiana.

Mi libro más preciado es un libro editado.
Mi libro de cocina, publicado en 1970, que perteneció a mi madre.

Con el tiempo dejó de ser solo un libro: se convirtió en un objeto vivido. En sus páginas no solo están las recetas, sino las marcas de uso, las decisiones, las modificaciones. Es un libro que acompañó la vida doméstica, que se fue adaptando, que se fue escribiendo también desde la práctica.

Ahí la cocina deja de ser abstracta. Se vuelve concreta, personal, situada.

En la antropología de la alimentación, se ha insistido en que cocinar es un acto cultural. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que también es un acto de registro. Escribir una receta es fijar una práctica, pero también es transformarla. Al pasar de la oralidad al papel, la cocina se vuelve memoria material.

Estos libros no solo preservan preparaciones. Preservan relaciones: quién enseñó, quién cocinó, en qué momento, bajo qué condiciones.
Son archivos íntimos.

Hoy, en un momento en el que la información culinaria circula de manera inmediata —videos, redes, tutoriales—, los recetarios familiares adquieren otro valor. Nos recuerdan que la cocina no siempre fue visual ni inmediata. Fue lenta, transmitida, repetida.

Y también escrita.
Tal vez por eso, volver a estos libros no es solo un ejercicio de nostalgia. Es una forma de reconocer que la cocina se construye en capas: de experiencia, de memoria, de adaptación.

Y que, a veces, lo más valioso que heredamos no es una receta perfecta, sino un libro que ha sido usado, anotado y transformado con el tiempo.
Porque ahí, en esas páginas, la cocina sigue viva.

Y quizá valga la pena detenernos un momento y preguntarnos qué historias guardan nuestras cocinas. Si en algún cajón, entre papeles o libretas, existe un recetario familiar que hemos dejado de consultar. Si hay una receta que se repite sin saber exactamente de dónde viene. Si hemos pensado en escribir aquello que sabemos, antes de que se pierda.

Porque la cocina también se hereda, pero no siempre se registra.

Y en ese gesto —el de escribir, conservar y compartir— no solo se resguarda una receta, se resguarda una forma de estar en el mundo.

María Cecilia Padrón Quijano

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