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Consuelo

Cuando has estado muy triste, después de una pérdida, con miedo al mirar la inevitable llegada de un suceso que pone en peligro aquello que es sagrado para ti, enojado(a) porque han invadido tu territorio, tus límites, a tu Ser, ¿Qué es lo que necesitas? Piénsalo un poco, acompañándote de tu respiración y permitiendo que lleguen las imágenes a tu mente, recuerda por un momento, ese niño(a) que aún vive en ti, ese(a) adulto(a) que ha endurecido el acceso a su corazón, realmente ¿Qué es lo que anhela? ¿Un abrazo largo? ¿Escucha? ¿Compañía en silencio? ¿Qué tipo de apoyo o soporte?
 
Nadie nos enseñó a acompañar ¿Cierto? Cuando vivimos momentos difíciles, lo protocolario está muy lejos de consolar y se convierte en un reprimir. “¡Animo!, Pudo ser peor, hay otras personas que sufren más. Todo pasa por algo.” Etc. ¿Esto es consolar, acompañar, abrazar? O quizás sea un miedo disfrazado de apoyo. No es culpa de la persona que con buena intención busca acompañar, porque como se ha mencionado anteriormente, nadie nos enseña a empatizar y vivimos repitiendo la forma de relacionarnos generación tras generación. Somos expertos en huir de las emociones y como muchas veces no entramos en la profundidad de nuestro centro emocional, ni visitamos las habitaciones de nuestro inconsciente, cubrimos nuestra sombra, no la volteamos a ver, la encerramos bajo llave y, por ende, no queremos ver la sombra de los otros y por supuesto, mucho menos acompañarles.
 
No queremos hacerlo porque quedaría al descubierto nuestro propio dolor. ¿Te has fijado que, en un velorio, el o la doliente a veces se percibe que en realidad está solo(a)? El lugar está lleno de gente y seguro que muchas de esas personas están realmente preocupadas o afectadas por el suceso de la pérdida, pero ¿Quién está realmente empatizando con él o la persona en duelo?  ¿Quién realmente está en cuerpo, emoción, mente y Alma con esa persona? En presencia, en total presencia.
 
A veces son personas de otras especies quienes nos enseñan a acompañar. En una ocasión en una de las consultas terapéuticas, “Luna” la Gatita que acompaña los procesos en el consultorio, miraba a una mujer que lloraba desde lo más profundo de su Alma la pérdida de su hijo y lo hacía sin el apoyo de su familia que tenía rasgos de violencia emocional y energética con Ella. Se escuchaba en el consultorio la desesperación, el desamparo y la desesperanza.
 
Vi a Lunita, primero mirarla, después se subió a sus piernas, se acurrucó y permaneció con ella durante esos minutos de llanto. Yo le dije con palabras, estás acompañada con amor. La gatita se lo dijo con el cuerpo y la energía que los puros de corazón saben transmitir siempre. La mujer estaba ahora en un lugar seguro. Lunita la miró y ella recobró la respiración lentamente y poco a poco la calma.
 
Ese apego, esa presencia sin mente fue un bálsamo profundo para el Alma de esa buena mujer. La cuestión aquí es que nos da miedo el dolor del otro, porque nos refleja el nuestro, que escondido está en la inmensa profundidad del océano interno de nuestro inconsciente. La tragedia griega tenía precisamente la finalidad de mover a compasión y temor al público.
 
Acudir al teatro era un acto religioso y sagrado. En el escenario se podía ver al héroe o heroína enfrentándose a situaciones adversas y sumamente dolorosas y entonces él o la espectador(a) lloraba, temía, empatizaba. De esa forma, la catarsis se experimentaba en cuerpos ajenos. De alguna manera ser testigo de ese dolor tan desgarrador, nos despierta fibras dormidas del Alma. ¿Has visto alguna película en la que las peripecias de los personajes te llevaron al llanto? Allí se desanudó una contractura del Alma, te liberaste, ¿cierto? Nadie impidió que por tus ojos entrara la información y que las lágrimas purificaran tu esencia.
 
¿Qué necesita tu amistad, pariente o desconocido(a) cuando padece? Tu presencia. Que estés, que le escuches, que le acompañes, pero sobre todo y lo más importante: que le valides. El rumbo de una historia puede cambiar dramáticamente si las personas en la adversidad tienen a una persona amiga que le permita sentirse acompañado(a), con una escucha activa.
 
A veces son solo minutos, unos cuantos segundos de contar con alguien que desde el fondo de su corazón pueda decirle a alguien más: “Veo tu dolor. Estoy aquí” Por eso es importante reconocer en gratitud a todas las personas que nos han consolado, porque esa es la voz de la luz que nos sostiene. Y podemos agradecer también por todas las oportunidades que se nos dan para nosotros ser ese canal directo del cielo, que brinde consuelo genuino, comprensión, soporte y apoyo para las personas que necesitan transitar por la permanente impermanencia de esta vida física.  Deseo para ti, que tengas cerca siempre una mano cálida en tu hombro, un oído atento, una mente sabia y un par de ojos que te acompañen a llorar cuando sientas que la vida se oscurece.
 
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta.
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.
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