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Edificios simpáticos

'Bulevar de Ideas'

Hay edificios que te caen bien, no porque sean bonitos en el sentido de tarjeta postal o de revista de arquitectura sino porque, sin más, te relajas; también están los otros, los que te aprietan la garganta como si la ciudad estuviera juzgándote. Lo curioso es que casi nadie pone atención en esto.

Muchas veces decimos cosas como “qué padre lugar”, “qué fea calle”, “aquí me da mala espina”, pero rara vez notamos que: la arquitectura también tiene temperamento, y nosotros lo sentimos con el cuerpo antes de pensarlo con la cabeza.

Hay esquinas donde el paso se vuelve natural, como si los pies supieran el camino de antemano y tuvieran voluntad propia; hay calles que invitan a mirar, y otras que te empujan a atravesarlas rápido, aunque no se te haga tarde. Hay plazas que te invitan a sentarte y hay banquetas que parecen diseñadas para recordarte que estorbas. Nada de esto es misterio. Es luz, sombra, altura, ruido, textura; es el árbol que está donde debe estar, el muro que refleja el sol como una bofetada. es la sensación de que el aire circula o de que se queda atorado y asfixia.

¿Cuántas veces hemos entrado a un edificio y, sin darnos cuenta, hemos bajado la voz, no porque te lo pidan, sino porque el lugar trae una solemnidad discreta? Y al revés: ¿cuántas veces te has sorprendido hablando más fuerte en un espacio que se siente vacío, duro, como si el eco te obligara a llenar algo?

Los lugares te educan sin palabrería, te corrigen la postura, te cambian el ánimo, te dan prisa o te regalan pausa. Y lo hacen con herramientas silenciosas, como un pasillo angosto, un techo demasiado bajo, una escalera que intimida, una ventana generosa, un patio con sombra.

Por eso hay edificios que parecen juzgarte.Sin haber hecho nada, cruzamos la puerta y nos sentimos con la camisa equivocada, con la cara equivocada, con la vida equivocada. Hay lugares que te exigen ser “alguien” para merecerlos.

Hay otros que, por el contrario, son lugares que te reciben sin preguntarte nada, como esas casas donde uno se permite dejar la preocupación en el perchero de la entrada. La ciudad está llena de esos contratos invisibles que nos marcan como comportarnos, como caminamos, donde nos detenemos. No lo dicen con letreros; lo dicen con atmósfera.

En ocasiones, elegimos rutas no por eficiencia, sino por afecto. El GPS te propone una vía rápida, pero tú tomas “la de siempre” porque esa calle te cae bien. Porque hay un tramo donde el sol se filtra de manera amable o porque hay una fachada que ya es parte de tu paisaje emocional.

La ciudad, en ese sentido, no es un mapa: es una colección de sensaciones ycada uno vive en una ciudad distinta, aunque compartamos el mismo pavimento.

Por eso nos afecta tanto cuando derriban una casa vieja, cuando cambian una fachada, cuando modernizan una esquina. No es nostalgia gratuita, es que nos alteraron una parte de nuestro paisaje.
En la ciudad siempre hay un sitio que no nos pide explicación para existir, pero es muy nuestro.

X: @jchessal

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