De todo lo que hacemos, es más lo que se hace por deber, que por un verdadero amor.
Aunque la ley de Dios, no se enfoca en el deber. Ya que, Dios quiere que todo lo que hagamos, lo hagamos por amor.
Hay acciones buenas, que podrían ser mejores, si estuvieran motivadas por el amor.
Es bueno ser justo, pero es más grande ser generoso.
De muchos que practican la justicia, lo hacen más por deber y temor, que por amor.
Quien practica la generosidad, lo hace por la satisfacción de vivir amando.
Nuestras acciones, podrían ser mejores, si se hicieran por amor, y no por obligación.
Porque el amor, es algo más que una norma.
Dice el Señor: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. (Mt.5).
La ley, nos muestra el camino que nos lleva hacia el amor; y nos señala, lo qué debemos hacer, y que tenemos que evitar, si de verdad queremos vivir amando. Y eso, es la plenitud de la ley.
Lo que más importa, no es cumplir con el deber; hay que llegar a la convicción, de hacerlo todo por amor. Para así, llegar a sentirnos plenos.
Hoy dice el Señor: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás…Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo…”. ( Mt. 5).
Quien ama, no lástima, no hiere, tampoco hace daño con sus palabras o actitudes.
No es suficiente con no matar, tampoco hay que insultar; porque eso, es matar el alma.
Hay que perfeccionar la ley, con la virtud del amor. Y, no preocuparse tanto, por cumplir la norma.
Ya lo dijo San Agustín: “Ama, y has lo que quieras”. (Conf. Sn. Ag.).
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
Evangelio
Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 17-37
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.
Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.
Palabra del Señor.