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Muerto el niño ¿para qué tapar el pozo?

Opinión

Este ocho de febrero se cumplieron siete meses desde que un ciclista que transitaba por el paso no vehicular del río Españita cayera hacia el arroyo vehicular y perdiera la vida.

Este domingo se cumplieron también siete meses desde que las autoridades capitalinas recibieran, con esta tragedia, un recordatorio de que han incumplido su papel de proteger a la ciudadanía que transita por la zona, sin que la pérdida de una vida haya servido para resolver este problema.

La solución pudiera ser simple y no es nueva: colocar un barandal que ayude a impedir que cualquier otra persona (ciclista, peatón, adulto mayor, infante, hombre o mujer) vuelva a sufrir una caída que, como en el mencionado, pueda terminar en algo fatal.

Una estructura así ya existía, hasta que, de forma paulatina, fue desapareciendo. Imágenes de Google Maps muestran que hasta el 2019 la estructura abarcaba todo el desnivel que se presenta en la zona a causa de las vías del tren. Para la siguiente fecha disponible, 2021, ya faltaban unos metros del barandal que desapareció totalmente para 2022. En esta fecha el alcalde Enrique Galindo Ceballos ya gobernaba esta ciudad.

Pero no nos engañemos: aunque esa estructura se mantuviera hasta esta fecha, no hubiera impedido que aquel ciclista muriera el 8 de julio de 2025, por la simple razón de que no se extendía hasta la zona donde ocurrió el incidente. Se podría argumentar, también, que la altura del barandal no era la adecuada para impedir que una persona que se desplaza en bici pasara por encima de él.

La respuesta municipal al caso fue parca: el alcalde prometió unirse con habitantes de la zona para establecer medidas de seguridad, pero en ningún momento habló sobre la infraestructura física en la zona.

En este punto cabe señalar también que el peligro no es solo la falta de un barandal o barda que proteja contra las caídas en la zona, sino también la aparición de huecos en el asfalto de este paso, bajo el cuál se encuentra un canal de aguas negras, algunos de ellos lo suficientemente grande para que quepa la pierna de una persona, lo que reduce el tamaño real de la vía transitable y pone en riesgo la salud de los transeúntes que se exponen a los pútridos hedores que escapan del subsuelo.

El Gobierno de la capital optó por el olvido y la sociedad, con excepción de manifestantes en la zona a los pocos días de la tragedia, optó por seguirle el juego.

Finalmente, quedan dos preguntas en el aire: ¿cuántas tragedias son necesarias para que este problema de infraestructura se atienda? y ¿será acaso que en este gobierno veamos soluciones?.

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