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La Historia del Sonido: Melancólica e intensa

La película del director sudafricano Oliver Hermanus propone en realidad una mirada distinta, más fiel al espíritu del título.a

Estrenada el año pasado en la competencia oficial del Festival de Cannes, La Historia del Sonido sigue a Lionel (Paul Mescal) y David (Josh O'Connor), dos estudiantes del Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra en Boston en 1917, cuyo amor por la música folk los lleva a emprender un viaje por comunidades rurales para preservar canciones locales.
 
 Promocionada como un gran romance protagonizado por dos de los actores del momento, la película del director sudafricano Oliver Hermanus propone en realidad una mirada distinta, más fiel al espíritu del título.
 
 En esta adaptación de dos relatos cortos del autor Benn Shattuck, seguimos a los amantes en su urgencia por conservar aquello que está destinado a desaparecer, con la música como forma de lenguaje y refugio.
 
Esta recolección se lleva a cabo mediante cilindros de cera, los cuales pueden reproducirse después en un fonógrafo mecánico. Así, Lionel y David van de pueblo en pueblo en busca de tesoros escondidos, encontrando a personas más abiertas que otras a compartir su historia. Todo ello inscrito en un tono profundamente contemplativo y melancólico, mismo que se traduce visualmente en la fotografía desaturada.
 
 Sí, la película requiere paciencia y que uno entre en su frecuencia, pero una vez estando ahí, la recompensa vale la espera. Eventualmente seguimos los caminos de ambos prodigios, con el eco de la guerra detrás y un futuro incierto por delante. En esta historia, la pasión y el desamor habitan también en la contención, y cada emoción puede leerse en el rostro de un excelente Paul Mescal.
 
 El filme, además, está enmarcado por la narración de un Lionel ya mayor (interpretado por Chris Cooper), quien termina de articular los temas que la película busca transmitir sobre la memoria y los recuerdos.
 
A lo largo de dos horas, Hermanus y su elenco parecen no querer caer en ningún exceso de sentimentalismo, pero el cúmulo de emociones termina por brotar con una intensidad tardía, y el efecto que deja es arrollador.
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