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Siete días sin Miguel, joven asesinado en una fiesta

A una semana de los hechos, la Fiscalía no ha emitido ningún comunicado

San Luis Potosí, SLP.- Hoy se cumplen siete días desde que Miguel Ángel Rocha Medina, de apenas 16 años, salió de casa para asistir a una fiesta y nunca regresó. Lo que parecía una noche común entre jóvenes —pensar qué ponerse, llegar a la dirección correcta, pasar un buen rato— se convirtió en su último día sobre la tierra. Miguel fue asesinado de un disparo en la cabeza durante una reunión en un domicilio particular la madrugada del 25 de enero, en un hecho que sigue envuelto en silencio e incertidumbre.
 
Miguel era alumno del Colegio de Bachilleres 26 de esta capital. Sus amigos lo recuerdan como un joven carismático, deportista, de buen ánimo, “buena onda”, alguien con luz propia y un ángel especial. Nadie logra comprender qué ocurrió aquella noche ni cómo una convivencia juvenil terminó marcada por la violencia extrema. Para quienes lo conocieron, resulta incomprensible que una celebración haya derivado en una tragedia irreversible.
 
Hasta ahora, las versiones sobre lo sucedido son extraoficiales. Una apunta a que pudo haber existido una discusión entre jóvenes, tras la cual uno de ellos sacó un arma de fuego y disparó. Otra hipótesis señala que el arma habría sido manipulada como un “juego” hasta que se detonó. Lo único confirmado es que quien accionó el arma también era un adolescente y no pertenecía a la comunidad del Cobach. La Fiscalía General del Estado procesó el lugar de los hechos, pero a una semana del crimen no ha emitido información oficial ni avances del caso.
 
Mientras, el dolor se ha expresado con fuerza desde la familia. El padre de Miguel publicó una carta en redes sociales dirigida al responsable del homicidio, un mensaje que mezcla rabia, tristeza y una súplica de humanidad.
 
“No sé quién eres, no sé por qué lo hiciste. No te escribo para insultarte, sino para que sepas quién era la persona a la que le arrebataste la vida”, escribió. Describió a su hijo como su tesoro, su motivación diaria, un joven con sueños, metas, sensibilidad y ganas de vivir. En su mensaje, lanzó una petición directa, que el agresor dé la cara, que se arrepienta, no para borrar lo ocurrido, sino para que Miguel —y su familia— puedan tener un poco de paz. “Dios te perdone, porque nosotros no”, sentenció.
 
Este caso obliga a una reflexión más profunda sobre lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. Generaciones atrás, las fiestas juveniles podían terminar, en el peor de los casos, en golpes a puño limpio. Luego llegó el alcohol, después las drogas. Hoy, el riesgo escala de forma alarmante, jóvenes portan do armas de fuego como si fueran un accesorio más, normalizando lo impensable. ¿En qué momento una pistola se volvió parte del paisaje de una reunión entre adolescentes?
 
La experiencia que deja la muerte de Miguel es amarga y urgente. Tan responsable es quien porta un arma como quien la celebra, la aplaude o incita a usarla. La violencia no se dispara sola, se alimenta de la permisividad, del silencio, de la normalización del peligro. Miguel no murió solo por un jalón de gatillo, murió en una sociedad que ha fallado en poner límites claros y en proteger a sus jóvenes.
 
Hoy, a siete días de su asesinato, la exigencia es clara, justicia. Para que Miguel descanse en paz. Para que su familia pueda encontrar un poco de consuelo. Y para que ninguna otra noche de fiesta termine convertida en una despedida definitiva.
 
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