La Cuarta Transformación (4T) en México, bajo la bandera de la "austeridad republicana" y la "pobreza franciscana", se presenta como un movimiento que busca transformar el país en una dirección más equitativa y justa. Sin embargo, a medida que avanzamos en 2026, las críticas han comenzado a acumularse, revelando una disonancia entre la retórica y la realidad que merece atención.
Uno de los aspectos más controvertidos de esta administración es la incongruencia entre el discurso de austeridad y los comportamientos opulentos de algunos de sus representantes. Este contraste ha llevado a muchos a cuestionar la sinceridad de las promesas de cambio. La evidencia de lujos y privilegios en un contexto que apela a la humildad y la simplicidad genera una sensación de hipocresía que erosiona la confianza pública.
En el ámbito de la salud, los recortes presupuestales han tenido consecuencias devastadoras. Se estima que han dejado de realizarse medio millón de cirugías en comparación con la administración anterior. Este recorte no solo afecta la calidad de vida de millones de mexicanos, sino que pone en riesgo la integridad del sistema de salud, vital para cualquier nación. La promesa de un acceso equitativo a la salud se ha visto socavada por decisiones que priorizan la retórica sobre la acción efectiva.
Además, la administración pública ha sufrido un debilitamiento alarmante. La reducción de personal y recursos ha llevado a una disminución en la eficiencia operativa de las instituciones. Las promesas de combatir la corrupción se han visto opacadas por una falta de transparencia en el uso de recursos, donde la austeridad parece ser más una herramienta política que una verdadera estrategia de gobernanza. En lugar de eliminar excesos, esta política ha permitido que la opacidad y la ineficiencia se normalicen.
La "austeridad selectiva" es otro punto crucial de crítica. Mientras que a organismos autónomos y dependencias se les exige recortar gastos, las partidas presupuestales para obras emblemáticas continúan aumentando. Esta situación sugiere no solo una falta de equidad en la aplicación de la política de austeridad, sino también un uso estratégico de la narrativa para justificar decisiones que favorecen a ciertos sectores.
Los recientes escándalos que involucran a figuras clave del gobierno, como el senador Gerardo Fernández Noroña, quien ha sido criticado por sus lujosos viajes en clase ejecutiva, subrayan la distancia entre el discurso y la práctica. Su defensa de estos excesos como "necesidades del cargo" pone de manifiesto una desconexión con la realidad que vive la mayoría de los mexicanos. La percepción de que los beneficiarios de la política de austeridad son, en realidad, los que están en el poder, alimenta un ciclo de desconfianza y cinismo.
A medida que nos adentramos en un nuevo ciclo electoral, la pregunta fundamental que se plantea es si la Cuarta Transformación realmente ha cumplido con su promesa de cambio o si, por el contrario, se ha convertido en una versión renovada de las viejas prácticas que prometía erradicar. La austeridad, que debería ser un principio de gobernanza, se ha transformado en una herramienta de control político, debilitando las bases de un Estado que debería servir a todos por igual.
La reflexión que surge de esta situación es clara: la política de austeridad no debe ser un fin en sí misma, sino un medio para lograr una sociedad más justa. Si la 4T no logra rectificar el rumbo, corre el riesgo de ser vista como una administración que, en su búsqueda de un cambio profundo, ha terminado por perpetuar los mismos vicios que prometió combatir. El desafío ahora es abandonar la retórica vacía y hacer que la realidad se alinee con las promesas de justicia y equidad.
Hoy vemos que a capa y espada se defiende la compra de camionetas blindadas en el Poder Judicial, cuyo valor dependiendo del blindaje pueden costar hasta los tres millones de pesos cada una, se habla de que las Togas de los
Jueces valen 22 mil pesos por pieza, se cuestiona al Senador Gérardo Fernández Noroña por sus viajes en primera clase a Europa, quien no deja de responder iracundo a cualquiera que le pregunte, vemos las ostentosas joyas que lucen legisladores y representantes de esos a los cuales se defendía por su calidad de pobres, sin duda esto y más son temas que podrían significar el poder cambia de manos pero no de actitud, y evoca las infames entonces anécdotas de Carlos Hank Gonzales que decía al abrir su cajón lleno de dinero, que un político pobre es un pobre político.
HASTA LA PRÓXIMA.