A la sombra de los grandes bloques de viviendas que dominan el paisaje en el barrio de Troyéshchina de Kiev, en el extremo norte de la orilla oriental del río Dniéper, un joven matrimonio acompañado por su hijo carga en el coche el equipaje que necesitarán para los próximos días.
“Nosotros tenemos luz, pero no calefacción. No se puede estar en casa. Hace un frío terrible”, dice a EFE el padre antes de subir al asiento del conductor y salir junto con su mujer y el niño hacia Boríspil, la localidad del oeste de Kiev en la que está situado el aeropuerto que sirve a la capital.
Las temperaturas, que se acercaron hace una semana a los 20 grados negativos, alcanzan este lunes en Kiev los 7 grados bajo cero. El miércoles y el jueves se espera que vuelvan a registrarse valores por encima de 0, pero la predicción para el fin de semana es de nuevo poco alentadora, con mínimas de hasta -13.
Más de medio millón de desplazados
Como hace ahora este hombre que prefiere no dar su nombre, al menos 600.000 habitantes de la capital ucraniana -cuya población supera según las últimas estimaciones los tres millones- han buscado según el ayuntamiento refugio fuera de la capital desde el 9 de enero de este año, cuando Rusia lanzó el primero de los ataques masivos contra el sistema energético que han dejado sin luz y calefacción a millones de ucranianos.
Muchos se han trasladado a regiones menos afectadas por la crisis de suministro provocada por esta ola de bombardeos, o a casas de familiares y segundas residencias situadas en zonas no urbanas en las que se puede encender fuego y que no dependen del sistema de calefacción central que Rusia está destruyendo con misiles y drones en la capital.
La última ola de desplazados por la campaña de ataques aéreos rusos a centrales hidráulicas y térmicas y subestaciones eléctricas que suministran corriente eléctrica y el agua que calienta los apartamentos proviene en buena medida de Troyéshchina, el barrio más afectado por el último bombardeo ruso, que tuvo lugar durante la madrugada del sábado.
“Desde entonces no tenemos calefacción en casa”, dicen a EFE Serguí y María, dos jubilados del barrio.
Cerca de donde viven, las autoridades mantienen abierto sin interrupción un centro educativo alimentado permanentemente de electricidad con un gran generador operado con diésel y donde los vecinos pueden acudir cuando la situación se vuelve insoportable en casa.
“La gente viene aquí con diferentes problemas. Para cargar los dispositivos, para calentarse, tomar un café o también para trabajar, pues tenemos internet las 24 horas”, dice a EFE la directora del liceo, Oksana Petrunok.
El centro tiene salas con material para niños, espacios para sentarse y hasta para dormir cuando las temperaturas en los apartamentos son demasiado bajas incluso para meterse en la cama bajo las mantas.
Cero grados dentro de casa
“La temperatura llega a ser de cero grados en mi casa. Llevo más de 24 horas sin electricidad y tampoco tengo calefacción”, dice a EFE Vira Loskot, que ha venido al centro educativo a cargar su teléfono móvil y el acumulador que utiliza para poder usarlo durante más tiempo.
Si bien las autoridades y las empresas del sector trabajan contrarreloj -con apoyo de los muchos países que han donado a Ucrania equipamiento y dinero- para que vuelva a funcionar el sistema, las instalaciones energéticas siguen siendo vulnerables a nuevos ataques masivos rusos que podrían volver a dejar sin suministro a los bloques que han recuperado el servicio, como ya ha ocurrido en más de una ocasión este 2026.
“Todos sabemos que volverán a hacerlo; la sorpresa sería que no volvieran a atacar antes de que pase el frío”, dice con resignación Yulia Kravchuk, una vecina jubilada de Troyéshchina que se acuerda de los soldados ucranianos que pasan el invierno en las trincheras del frente cuando se le pregunta por cómo es la vida sin luz, calefacción y a menudo sin agua corriente en la capital.
“Aquí tenemos comida y generadores. Nos ayudamos unos a otros. Ellos son los que de verdad lo están pasando mal”, dice la mujer mientras camina hacia el supermercado para hacer la compra que casi cada día ha de subir por las escaleras a su apartamento, situado en un séptimo piso.